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Hace unas semanas publiqué un álbum con algunas fotos de surf que me han ido haciendo los últimos años. Se trata de una selección de las me...
Hace unas semanas publiqué un álbum con algunas fotos de surf que me han ido haciendo los últimos años. Se trata de una selección de las mejores instantáneas y que para mí representan grandes momentos vividos surfeando olas. Como dije en la entrada, fue un ímpetu narcisista el que me llevó a publicarlas.

Pues hoy toca justo lo contrario. Hoy es día de penitencia. He realizado un ejercicio de humildad para contrastar las imágenes con la de otros surfistas. El resultado ha sido devastador: queda en evidencia la diferencia entre lo que hacemos y lo que creemos que hacemos. A partir de hoy también amo el surf por estimular mi imaginación hasta cotas digamos... vergonzosas.

El album contrastado!

Izquierda, el patata; derecha, un reentrazo como dios manda

Izquierda, el tubín; derecha, un tubazo según los cánones del surfing

Izquierda, el offthelip pitufo; derecha, el pedazo de sacota con la tabla por montera

Izquierda, el bottom reumático; derecha, el pedazo de bottom total control
Buf! Vaya correctivo...

Pocas veces me he sentido tan identificado con la soledad, la profundiad de pensamiento y la angustia de un personaje de novela como en el c...
Pocas veces me he sentido tan identificado con la soledad, la profundiad de pensamiento y la angustia de un personaje de novela como en el caso del joven Holden Caulfield de "El guardián entre el centeno" (también conocido como "El cazador oculto" o el original "The catcher in the rye").

Oí hablar del libro cuando era adolescente, sin embargo, en ese momento mis preferencias literarias eran otras y lo ignoré. Ahora sé que ése hubiera sido el momento idóneo para leer esta pequeña novela de J. D. Salinger.

Con todo, siempre me sentí atraído por el título sin saber nada del contenido de la novela. Esa frase sin verbo tiene una musicalidad extraña y una capacidad de evocar que permite, a modo de esos concursos literarios donde se sugiere un título, imaginar la novela humana definitiva.

Cuando hace un par de semanas por fin cayó en mis manos, pensé que inevitablemente me decepcionaría. Nadie puede escribir algo a la altura de semejante título, pensaba. Además había leído opiniones de todo tipo acerca del libro y muchas coincidían en considerarlo una obra sobrevalorada. Pero mi sorpresa, mi agradable y correctora sorpresa, fue que efectivamente ésta es una de las novelas humanas definitivas.

Salinger se pone en la piel de Holden Caulfield, un adolescente de 17 años en el New York de los años 40. En la novela explica sus andanzas en primera persona durante las horas que transcurren entre el día que es expulsado de un colegio de élite y el momento en que vuelve a casa. Holden está en la frontera que separa al niño del hombre y, cómo nos ha pasado a todos en ese momento difuso, se siente incómodo y deprimido y trata por todos los medios de superar esa etapa sin ser consciente de ello.

Se trata de un personaje contradictorio (como todos los adolescentes), dotado de una fina inteligencia y un vasto mundo interior que no se adapta a un sistema educativo y una sociedad en los que se siente perdido. Las reflexiones que realiza en la novela mediante un lenguaje natural, infantil a veces, bien apoyadas por las de los demás personajes, dejan expuesta a la luz del día una de las facetas más dolorosas de la naturaleza humana: apenas dejamos que se nos conozca, apenas dejamos que nuestros sentimientos traspasen la superfície. Somos un charco de medio metro cuadrado y mil kilómetros de profundidad.

No soy crítico literario y no tengo más conocimiento del arte de escribir que el que he aprendido leyendo. Pero la sencillez con que Salinger aborda la complejidad del pensamiento -y el sentimiento- del joven Holden y la manera de transformarse fielmente en él mediante el uso de la primera persona es, a mi juicio, un trabajo de maestro. Coincido con los que la sitúan como una de las 100 mejores novelas del siglo XX.


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La referencia de la edición que he leído (Alianza)
El libro para descarga en PDF

¿Dirías que las tablas de surf son simplemente cosas? No, ¿verdad?. Seguro que piensas que son algo más. Crees que esa alma de madera que la...
¿Dirías que las tablas de surf son simplemente cosas? No, ¿verdad?. Seguro que piensas que son algo más. Crees que esa alma de madera que las cruza longitudinalmente encierra una fuerza espiritual desconocida. Que sus reacciones no sólo son consecuencia de sus formas. Que trascienden la física y la hidrodinámica. Que hay algo ahí dentro, un aliento místico que palpita en su interior y las dota de rasgos casi humanos.

Tiene que ser así. Eso explica que la gente hable de tablas mágicas. Todos los surfers que se jacten de serlo han tenido una. Esa que surfeas un día y, de pronto, los planetas se alinean, el Universo entero focaliza en un punto y todo fluye. Miras el labio, piensas la maniobra y la tabla hace el resto. ¿Verdad?... Si, esas cosas existen. Tienen que existir.

También hay tablas malditas, por supuesto. Esas que nunca se adaptan a las olas ni al surfer. Antipáticas, malhumoradas, perezosas. Consiguen bajarte la autoestima. Te caes sin saber porqué. Te entran dudas y dejas escapar las mejores de la serie. Y ahí están ellas, perfectas, relucientes. Casi puedes sentir su burla mientras remontas después de un wipe out. Malditas...

Sí, definitivamente las tablas tienen espíritu. Algo que se transfiere a la materia con la intermediación del shaper. Una fuerza que interactúa con tu karma y se combina con él. Es pura mística. Por no hablar del eterno retorno en que está sumido el mundo del surf: bonzers, twinfins, singles y, ¡oh, Dios!, alaias. Eso sí que es lo máximo. Ya no sólo es la influencia del shaper, es la sombra alargada de incontables generaciones de surfers. Una vuelta a las raíces del deporte, cuando los reyes hawaiianos montaban las olas ante el Capitán Cook y su mugrienta tripulación de demonios blancos. Toda la pureza de las aguas cristalinas del pacífico, el valor de los primeros polinesios, la autenticidad de unas gentes en perfecta armonía con la naturaleza, volcada sobre el alma de madera de una tabla de surf. ¿Lo sientes?, ¿sientes el poder?...

Pues desengáñate, porque todo eso son idioteces. Las tablas no son mucho más especiales que el sofá en el que me siento o el teclado que estoy aporreando mientras escribo esto. No tienen alma ni sentimientos. Son trozos de espuma recubiertos de resina. Son la conclusión de un trabajo acumulado de ensayo y error, donde la intuición ha tenido siempre más peso que la ciencia. Las tablas son cosas, simplemente. Cosas divertidas, pero cosas al fin y al cabo. No poseen ninguna cualidad más allá de sus materiales y sus formas. No son mágicas.

Si la tienes, amigo mío, la magia la pones tú.

**Escribí este artículo para el blog SurfStories (ya no está online) y para la web Mallorcasurf.com y ha sido corregido para esta entrada. El original se tituló "Magic".

Eran casi las cuatro de la madrugada y la ciudad parecía un escenario vacío. Acababa de dejar a Jota en el portal de su casa y como no me in...
Eran casi las cuatro de la madrugada y la ciudad parecía un escenario vacío. Acababa de dejar a Jota en el portal de su casa y como no me invitó a subir, me fui celoso y contrariado. Seguí por el retrovisor el baile de sus rizos castaños mientras subía los tres escalones y la maldije en silencio. ¿Cuántas cenas más necesitaba para entregarse por fin? Yo sabía que le gustaba y ella a mí me volvía loco. No era muy inteligente, es verdad, pero tenía otras virtudes. Era divertida. Y guapísima. Pero ya me estaba cansando. Con las mujeres indecisas me ocurre algo parecido a cuando se te pasa la hora de la cena y dejas de tener hambre. Con ella estaba a punto de pasar por encima de esa línea roja.

-Y de aquello, ¿tú que recuerdas? Ella lanzó la pregunta casi sin querer, antes de llevarse el vaso a los labios para beber un largo sorbo...
-Y de aquello, ¿tú que recuerdas?

Ella lanzó la pregunta casi sin querer, antes de llevarse el vaso a los labios para beber un largo sorbo. Él bajó la vista y se quedó mirando el cerco de agua que la condensación había dibujado sobre la mesa de cristal. Parecía reflexionar la respuesta.

¿Qué recuerdo?, pensó. Recuerdo tu rostro recortado contra el cielo azul más limpio que he visto en mi vida. Recuerdo el brillo iridiscente de tus ojos. Recuerdo las lunas de agosto que contemplamos sobre el puerto, mientras volvíamos a casa después de exprimir la noche. Recuerdo la calidez de tu piel, el tacto de aquellas manos que se buscaban a tientas, tu aliento febril cuando apenas conseguíamos llegar al dormitorio. Tu dulzura casi adolescente. Tu risa. Recuerdo la tarde de septiembre cayendo sobre el andén. Recuerdo la desorientación de la despedida. Recuerdo todo lo que quise decirte y no te dije. Las cartas que escribí y nunca mandé.

-En realidad- dijo mientras borraba el cerco de agua con el dorso de la mano - no recuerdo demasiado. Ha pasado mucho tiempo.

-Sí, mucho tiempo- respondió ella volviendo a dejar el vaso sobre la mesa.

Un silencio incómodo condensó la atmósfera a su alrededor. El aire se hizo impenetrable de repente. Pasaron unos segundos que a él le parecieron años, hasta que se acercó a la mesa un hombre vestido con traje oscuro.

-¿Vienes, cariño?- dijo mientras pasaba su mano por la espalda desnuda de ella.

En ese momento él volvió a ser consciente de todo lo que les rodeaba. Las risas, las conversaciones, la música demasiado alta. Miró a través de las enormes cristaleras que daban al jardín y observó a los invitados que disfrutaban de la fiesta junto a la piscina.

Ella cogió su vaso y se levantó despacio, envuelta en el vapor de su vestido. Se alejó de la mano de su marido y cruzó las puertas que daban al jardín. Él se quedó ensimismado mirando fijamente la mesa y, con un gesto inconsciente, borró de nuevo el cerco que el vaso había dejado sobre el cristal.

Bajó al sótano con pasos cansados. A sus 57 años los esfuerzos eran cada vez más penosos. Empujó la puerta que se abrió lentamente. Las bi...
Bajó al sótano con pasos cansados. A sus 57 años los esfuerzos eran cada vez más penosos. Empujó la puerta que se abrió lentamente. Las bisagras se quejaron como despertando de un largo sueño. A su alrededor las telarañas y el polvo registraban impasibles el paso del tiempo. Echó un vistazo en la oscuridad y distinguió la silueta de los muebles, los trastos viejos y los libros amontonados.

Una bombilla desnuda que pendía del techo se agitó en la corriente de aire. Buscó el interruptor a tientas y cuando lo encontró, la luz parpadeó indecisa hasta llenar la estancia de un resplandor amarillento.

En la pared del fondo, entre desconchones de pintura, estaba colgado su viejo neopreno. A un lado, apoyada entre una vieja cómoda y un montón de periódicos de tiempos mejores, estaba su tabla. La miró un instante y apartó la vista. Pero no pudo evitar que el recuerdo de una ola asaltara su memoria. Sonrió con la sonrisa más triste del mundo. Recordó esa ola, la que fue la última sin que él pudiera saberlo.

Aquella tarde de septiembre, cuando volvió a casa con el pelo aún mojado y se encontró a Lucía en el portal con lágrimas en los ojos, aún no sabía que las olas no romperían nunca más. El hijo era suyo. La responsabilidad también. Eran otros tiempos. Un hombre debía actuar como tal. Trabajar y sacar adelante a la familia.

Ahora había pasado mucho tiempo y los recuerdos se habían vuelto viejos conocidos a los que no le gustaba encontrarse. La lucha diaria formando parte de un sistema gris había dejado de tener sentido. Hacía años que sencillamente se dejaba llevar. Sin discutir, sin buscar, sin ver. Solía pensar que en realidad llevaba años muerto.

Murió una tarde de septiembre con el pelo mojado y el alma en los pies.

**Escribí este cuento para el blog SurfStories (ya no está online) y para la web Mallorcasurf.com y ha sido corregido para esta entrada. El original se tituló "Mal Final".

El sol matutino no mitigaba el hastío que se respiraba en el interior del bus de línea. Caras largas y bostezos mal disimulados eran el pais...
El sol matutino no mitigaba el hastío que se respiraba en el interior del bus de línea. Caras largas y bostezos mal disimulados eran el paisaje desolador de las 7:30 de la mañana.

Observaba a sus compañeros de ruta, viejos (des)conocidos casi todos: el rocker flacucho con gafas de Elvis, la señora rancia, el barbudo serio, los hermanos con uniforme del colegio católico, la discreta morena del libro, la chica argentina espectacular, el chico de los auriculares... Pensaba que todos ellos, al igual que él, estaban mirando al resto. Eran conjuntos disjuntos con una única intersección en el bus de las 7:30. Más allá de esa conexión todos tenían una vida que permanecía desconocida para los demás. Con sus aspiraciones y sus deseos. Todos se habían enamorado y todos habían sentido alguna pérdida. Habían vivido peligros, habían peleado y gritado. Habían sentido euforia y pena. Habían engañado. Habían deseado lo que no podían alcanzar y habían despreciado a quién les deseaba. Habían sido crueles y espléndidos. Magníficos todos en su singularidad.

Estaban sentados en una mesa del fondo, junto a una ventana. La luz dibujaba un par de haces rectos sobre la mesa de vieja madera oscura y d...
Estaban sentados en una mesa del fondo, junto a una ventana. La luz dibujaba un par de haces rectos sobre la mesa de vieja madera oscura y diminutas motas de polvo brillaban ingrávidas entre ellos. Pasaban los treinta por poco, pero se miraban con intensidad juvenil, atentos el uno al otro.

Creo que la conversación duró menos de lo que él esperaba. Aún así parecía sentirse feliz por charlar con ella, aunque fuera un ratito. Se despidieron besándose las mejillas. Ella se levantó y le dejó sentado a la mesa, envuelto aún en la dulzura intangible del beso. Él trató de respirar profundamente para captar de nuevo su perfume y la siguió con la mirada mientras se alejaba. Mantuvo los ojos clavados en su nuca, magnífica bajo el pelo recogido, hasta que ella salió por la puerta y desapareció. Siguió mirando el espacio vacío durante un rato con la mente secuestrada por mil pensamientos.

Yo le observaba desde la posición privilegiada de la mesa contigua, testigo mudo de la chispa invisible que acababa de iluminar la estancia. Está perdido, pensé. Aunque quiera, aunque se esfuerce, ya nunca verá nada excepto esa nuca suave, esa sonrisa dulce y esos ojos brillantes.

Y entonces, como en el Café de Artistas, un ángel de silencio voló entre las mesas para posarse tranquilamente entre nosotros.

Esta secuencia la fotografió Jesús Renedo en un día de olas divertidas en Ciutat Jardí , Palma. Yo no me dí cuenta hasta un par de semanas ...
Esta secuencia la fotografió Jesús Renedo en un día de olas divertidas en Ciutat Jardí, Palma. Yo no me dí cuenta hasta un par de semanas más tarde cuando me avisaron que circulaba en Facebook una foto mía surfeando. Me puse en contacto con Jesús y amablemente me envió la secuencia completa:

Medio metro bueno en Ciutat Jardí