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Foto: Burkard Piensas que estamos locos. Que desnudarse a las seis de la mañana en el aparcamiento de la playa es de idiotas. Que po...
Foto: Burkard
Piensas que estamos locos. Que desnudarse a las seis de la mañana en el aparcamiento de la playa es de idiotas. Que ponerse un traje de buzo y correr hacia el mar como si fuera el fin del mundo es impropio de tipos que ya peinan canas. Crees que somos inmaduros, que perseguimos a nuestra sombra en vano, riendo despreocupados como Peter Pan.

Pero te equivocas. Ni estamos locos ni somos inmaduros.

Somos entusiastas.

Roberto Flores (en primer término) con Borja Ibarra, invitado especial del programa de hoy Como ya ocurrió este verano , Roberto Flores ...
Roberto Flores (en primer término) con Borja Ibarra, invitado especial del programa de hoy
Como ya ocurrió este verano, Roberto Flores de Hemisferio Surf Radio me ha invitado a participar en su programa semanal. En esta ocasión para comentar el nuevo fenómeno meteorológico que nos trae a todos locos por aquí: el #Medicantábrico. Este nuevo Mediterráneo, desconocido hasta la fecha, que lleva ya 3 semanas seguidas de olas y va para la cuarta (a partir del min. 36). ¡Siempre un placer estar con los cherokees cantábricos de Hemisferio Surf!

Amanece. Estoy descalzo y hace frío, así que me pongo la capucha y hundo las manos en los bolsillos. Está nublado y el viento que ha movid...
Amanece. Estoy descalzo y hace frío, así que me pongo la capucha y hundo las manos en los bolsillos. Está nublado y el viento que ha movido la tienda durante la noche ha parado por completo. Tengo la espalda dolorida por haber dormido en el suelo, pero me siento bien. Realmente afortunado.

Respiro hondo y el aire, frío y con olor a mar, termina por despertarme del todo. Mis compañeros de viaje se agitan en la tienda. También se están despertando. Cojo una manzana del coche y me dirijo a la pasarela de madera que sube la duna. Al otro lado está el océano Atlántico. Mientras asciendo sintiendo la humedad en los pies desnudos, el sol clarea las nubes por el este y una luz grisácea y sobrenatural inunda la escena.

Bum.

Un ruido familiar me hace acelerar el paso. La hierba que corona las dunas está inmóvil. El viento está en calma. Una imagen de lo que estoy a punto de ver se va formando en mi mente y una sonrisa me amanece en el rostro.

Bum. Otra vez.

Llego a la cima de la duna y la visión me hace parar de golpe. Una ola rueda perfecta sobre el banco de arena, lisa como el metal. La sonrisa crece. No lo puedo evitar. Casi río a carcajadas. Siento una profunda emoción. Le doy un mordisco a la manzana y me sabe a manjar divino. Siento la textura en la boca, el jugo dulce. Otra ola rueda perfecta delante de mis ojos.

Doy media vuelta y bajo la duna corriendo. Abajo ya están esperando noticias.

-Com està?
-És el que hem vengut a cercar!

A partir de ahí todo se acelera. Comemos, bebemos, nos preparamos. Las tablas salen de sus fundas y aguardan en desorden sobre la arena. Hay una precipitación infantil en nosotros, como si todo fuera a terminar en un minuto. Subimos de nuevo la duna con el neopreno puesto. Una mezcla de concentración, compromiso y risas nos acompaña. Desde arriba contemplamos de nuevo el espectáculo.

La Gravière nos espera con los brazos abiertos.

La gente ya se despedía cuando descubrió el sobre en el bolsillo de la chaqueta. Había sido un funeral sencillo y triste, con la lluvia ...
La gente ya se despedía cuando descubrió el sobre en el bolsillo de la chaqueta.

Había sido un funeral sencillo y triste, con la lluvia persistente mojando los tejados y decolorando la tarde. Ella estuvo en la primera fila, muy quieta. Sólo se giró a mirarle una vez y, cuando sus ojos se encontraron, a él le sobrecogió la serenidad con que contenía la tristeza y lo sola que parecía allí de pie, expuesta a todas las tormentas. No pudo dejar de mirarla, con los ojos anclados a su espalda, mientras sentimientos encontrados luchaban en su interior.

Palpó de nuevo el bolsillo y sacó el sobre pensando en descubrir una factura olvidada. Su corazón dio un vuelco al reconocer la letra. Abrió la carta y leyó con avidez.

"Hola.

Sólo un par de cosas: nunca le regales perfume. Su piel huele a verano y sería un crimen estropear eso. Los besos, si son con caricia, valen doble. Usa siempre la imaginación, pero deja que ella te guíe. Bailad. Sobretodo por las mañanas.

Ah, y si algún día la ves triste llévatela al mar."

Alzó la mirada mientras doblaba cuidadosamente el papel y se encontró con los ojos de ella que le interrogaban en la distancia. Entonces pensó en un mar tranquilo. En un mar al que llevarla.

Para los que no lo sepáis, Roberto Flores  es el artífice de una aventura bien loca: Hemisferio Surf Radio ,  un programa semanal de radio...
Para los que no lo sepáis, Roberto Flores es el artífice de una aventura bien loca: Hemisferio Surf Radioun programa semanal de radio por Internet centrado en la cultura surf. Además, es el creador de Surfcantabria.com, una web de referencia de nuestro deporte en Cantabria y, lo más importante, el tipo lleva más de 30 años de surfing a la espalda. Uno de los nuestros por derecho propio.

Pues bien, Roberto ha tenido la (discutible) idea de invitarme a hablar en su programa y el resultado ha sido una mini entrevista sobre el blog y sobre el surf en el Mediterráneo. Un verdadero placer haber estado con vosotros, Roberto! Sólo espero no haberla cagado demasiado...

Os dejo el podcast. Vale la pena escucharlo de principio a fin y suscribirse a su grupo en Facebook Hemisferio Surf Radio. El programa (215 ya!) decae justo en el minuto 31, cuando se les ocurre llamar a un surfista de medio pelo de un mar sin olas ;-)

A veces son las anécdotas más absurdas las que me roban una sonrisa al recordar alguno de los viajes de surf que llevo a las espaldas. Ant...
A veces son las anécdotas más absurdas las que me roban una sonrisa al recordar alguno de los viajes de surf que llevo a las espaldas. Anteayer, cuando entraba en el mar helado de marzo en una tarde sorprendentemente calurosa, recordé un momento mágico que viví hace unos años en el Algarve.

Lo recuerdo como si hubiera pasado ayer...

El sol estaba a punto de alcanzar su cenit. La arena de la playa brillaba impoluta y cegadora. Las olas eran buenas en ese recóndito lugar del Sur portugués. Sólo un detalle rompía la magia: el agua estaba helada. Pese al verano reinante, una corriente del norte mantenía el mar a unos 12 grados mientras fuera un sol abrasador calentaba la tierra hasta los 30.

Los surfistas estábamos en el pico esperando la serie. Gruesas capas de neopreno cubrían nuestro cuerpo y, ante el envite de cada serie, una silenciosa competencia por cada ola nos disparaba los niveles de adrenalina. La concentración era máxima. Todos pretendíamos ser tipos duros, con barba de varios días y cara de pocos amigos. La tensión se podía cortar a cuchillo.

De repente, unas risas iluminaron el respetuoso silencio. Un chapoteo grácil y unas voces suaves las acompañaban. Miré de reojo hacia la playa. Dos chicas estaban entrando al mar con sus tablas. El surfista a mi lado también se giró a mirarlas. Algo no encajaba. Me crucé con su mirada y ambos enarcamos las cejas con una bobalicona sonrisa. Poco a poco, todos sin excepción en el line up se giraron a mirarlas. La tensión se rebajó de golpe y sonaron algunos carraspeos y risas ahogadas.

Ellas, preciosas, perfectas, remaban hacia el line up bajo la presión de nuestras miradas. Llegaron por fin al pico y se sentaron sobre sus tablas. Lo sorprendente es que sólo llevaban un diminuto bikini y reían sin parar.

Recuerdo el neopreno reluciente sobre mis brazos. Mirar a todo el pelotón de hombretones desarmados y sonreír para mis adentros. Recuerdo mirarlas a ellas, estudiando sus espaldas bronceadas como si anduviera por un museo y hubiese descubierto un ángulo nuevo en una obra maestra.

Quizá el agua no está tan fría, le dije al portugués que flotaba a mi lado. Provavelmente não, contestó con una sonrisa.

Mérope es la más pequeña de las Pléyades, las siete hijas de Atlas y Pléyone en la mitología griega. Su paso por el firmamento, perseguid...

Mérope es la más pequeña de las Pléyades, las siete hijas de Atlas y Pléyone en la mitología griega. Su paso por el firmamento, perseguidas eternamente por la constelación de Orión, marca el inicio y el fin del verano. Debido a eso en la Antigüedad fueron muy veneradas. Pero de las siete estrellas, Mérope es la que permanece siempre oculta, con un brillo más tenue, pues según cuenta la tradición fue la única de las Pléyades que se casó con un mortal.

Así se llamaba mi barco en honor a la más especial de las siete hermanas. Nos separamos ayer, cuando la adoptó otro marino, y me costó mucho desembarcar por última vez. Pensar que ya no era mía. O yo ya no era suyo, tantas veces como tuvo mi destino sobre su quilla, en sus cabos, en sus mamparos y en sus velas. Me costó dejarla en otras manos, libre de nuevo, con sus viejas manías y su apacible temperamento

Cuando salté al pantalán y me alejé de allí recordé amaneceres, sentí el viento, las olas discurriendo contra el casco, esas últimas luces del día coloreando de calidez el mar, ese mar Mediterráneo antiguo e imprevisible. Y me sentí un poco más viejo, marino sin barco, añorando en cada paso el suave balanceo de cubierta, ese que aún siento a veces al cerrar los ojos, ese que me esforcé en sentir de nuevo para decirle adiós.

La noche era cálida y algo pegajosa en aquel rincón perdido en medio del campo. El cielo estaba estrellado, pero el brillo de las estrellas ...
La noche era cálida y algo pegajosa en aquel rincón perdido en medio del campo. El cielo estaba estrellado, pero el brillo de las estrellas nos llegaba tamizado por la densidad del aire veraniego. Los grillos cantaban en el jardín y, en la mesa puesta bajo el porche, las conversaciones y las risas deambulaban despreocupadas entre la decena de personas que compartíamos la cena.

Yo estaba disfrutando de la comida y de la compañía, pero estaba intranquilo. Después del postre empezaría lo que realmente nos había traído hasta allí y era algo en lo que, esta vez, yo estaba involucrado de lleno.

Éramos compañeros de trabajo. Teníamos claro que llevarse bien era importante y, además, a todos nos generaba curiosidad conocernos unos a otros en un ambiente distinto. Por ese motivo salíamos a cenar a veces o, como en aquella ocasión, organizábamos cineforums en casa de alguien. Nada demasiado especial, claro. Sólo que aquella vez la película la había elegido yo y no quería defraudar a nadie.

Sirvieron el postre. Al terminar, saqué la película y se la entregué al tipo que estaba instalando el proyector. La pantalla era una sábana vieja tensada contra una de las paredes de piedra de la casa. El escenario era inmejorable: los estómagos llenos, una tranquila noche veraniega con luna creciente y una casa de campo aislada, envuelta de fragante naturaleza.

-Tened en cuenta que es una película clásica, de los años 60. Y aunque trata de lo que ya sabéis, intentad ir un poco más allá y ver el trasfondo de la historia: la amistad a lo largo de la vida, los distanciamientos y los reencuentros...

Alguien me interrumpió. Reímos. Todos se pusieron cómodos y comenzó la película. En las siguientes dos horas nadie abrió la boca, pero yo traté de registrar todas las reacciones.

Enseguida noté que nadie se había puesto en situación. La estética de la película provocó más risas que otra cosa. El doblaje era nefasto y algunas expresiones sonaban ridículas. Todo lo que para mí formaba parte del encanto de la película fue motivo de sonrisas condescendientes. Incluso alguien se durmió.

Sin embargo, me esforcé en disfrutar de aquello. Ver la película proyectada de manera casera, con las arrugas de la sábana y el marco de piedra viva de la casa, con todos los sonidos de la noche campestre de fondo, me parecía algo mágico. El contraste de los azules del océano Pacífico, ese verano resplandeciente en los ojos de los protagonistas y la fábula que subyacía en el argumento completaban una experiencia de la que disfruté muchísimo.

Pero sospecho que fui el único.

Nos despedimos de madrugada entre bostezos. Yo me fui un poco decepcionado, pero en el camino de vuelta reflexioné sobre aquello. Pensé que les había hecho un regalo involuntario: un puerta abierta a un mundo que tenía mucho más sentido que todo aquello. Mucho más valor que el maldito empleo, nuestras profesiones o aquellos puñeteros cineforums. Les había mostrado la grandeza del surf, la prevalencia de un estilo de vida sobre las miserias humanas, sobre las guerras, los desencuentros y la muerte.

Pero ellos sólo fueron capaces de reírse con el peinado de Jack Barlow, la sobreactuación de Leroy el Masoquista y el mostacho sesentero de Gerry Lopez.

[...] este latido eterno del paisaje, como el de un gran cetáceo, disminuye al hombre, a sus ideas, a sus proyectos. La civilización modern...
[...] este latido eterno del paisaje, como el de un gran cetáceo, disminuye al hombre, a sus ideas, a sus proyectos. La civilización moderna se ha hecho en espacios cerrados: ciudades, casas. En el campo, en el mar, hay siempre un hálito de destrucción contra todo lo humano, invariablemente absorbido, sustituido y vuelto a absorber por la agobiante indiferencia de la naturaleza. Por su bestial fortaleza...
-"Una nit a Capri" de Baltasar Porcel.
Pido disculpas por el crimen que acabo de cometer, pero en la traducción he tratado de ser fiel a la sensibilidad que el autor despliega en el original en catalán.

Una vez dicho esto, ¿no es ésta una de las mejores reflexiones sobre la insignificancia del ser humano, su cultura y su civilización, frente al poder inconmensurable e inconsciente de la naturaleza? Imagínate de pie en lo alto de un acantilado, el mar doscientos metros más abajo, el horizonte una línea difusa a lo lejos, como un degradado perfecto que convierte los colores del mar en los del cielo. Es como si estuvieras ante un ser vivo, una red de infinitas hebras vitales que se arruga levemente por la dura caricia del viento. Relee ahora el fragmento: "este latido eterno del paisaje, como el de un gran cetáceo". ¿Lo sientes?

Yo sí.

Volvíamos a casa en coche y el sol acababa de ponerse. Mis hijos iban sentados atrás. Ella tiene casi un año y medio; el chico tres recién c...
Volvíamos a casa en coche y el sol acababa de ponerse. Mis hijos iban sentados atrás. Ella tiene casi un año y medio; el chico tres recién cumplidos. A nuestro alrededor corrían los campos y los bosques. Al fondo, en el horizonte, las montañas azules escondían la última claridad del cielo. A nuestra izquierda, una luna grande y redonda brillaba tenue entre las nubes.

-¿A dónde va la luna, papá?

La pregunta me cogió por sorpresa. Entendí que para él la luna corría a nuestro lado, surcando los cielos y pasando veloz tras las copas de los árboles. Bajé la música tratando de concentrarme. Era una pregunta sencilla, pero resultaba difícil explicarle la respuesta a un niño de tres años. Pensé en responder sobre efectos ópticos, sobre que en realidad la luna no se movía. Luego pensé que, siendo honestos, la luna sí se mueve. Y la Tierra también. Y pensé en la gravedad, en el sistema solar y en el movimiento de los satélites. Carraspeé un poco. Él se impacientó.

-Eh papá, ¿a dónde va la luna?

Sonreí. Caí en la cuenta de la grandeza de aquel momento. La pureza de la percepción de mi hijo. Para él no había duda: la luna corría por los cielos a toda velocidad. Pensé en la suerte que tenía por ver el mundo así. Un mundo donde no hay doblez, donde no es necesario leer entre líneas y donde todo existe tal como lo ves.

Y no quise cambiar eso. Aún no.

-Se viene con nosotros, Hugo -respondí- La luna se viene con nosotros.

Donde haya olas me encontraréis. En ese momento del día cuando la luz es tibia y las fachadas del pueblo brillan y los mástiles del puerto s...
Donde haya olas me encontraréis. En ese momento del día cuando la luz es tibia y las fachadas del pueblo brillan y los mástiles del puerto se mecen despacio y tintinean rítmicos los cables. Cubierto de salitre, revuelto el cabello y la mirada, dura la barba y oscurecida la piel. Vuelta la vista al viento, las manos hundidas en la arena y la sonrisa persiguiendo velas blancas rumbo Sur. El corazón acompasado a la rompiente, enamorado, expuesto y feliz. Ebrio de verano y de aventura. Apaciguada mi tormenta por una risueña plenitud.

Ahí me encontraréis. Sereno e invencible. En un lugar que no lo es. Que existe y desaparece.

Caminábamos deprisa y hablábamos en voz baja. Se diría que, como imanes expuestos por el mismo polo, nos repelíamos pese a querer estar pe...
Caminábamos deprisa y hablábamos en voz baja. Se diría que, como imanes expuestos por el mismo polo, nos repelíamos pese a querer estar pegados. Tal era la sensación que entre ambos parecía bailar una línea de aire, un espacio vacío infranqueable.

Mirábamos obstinados al frente, con el gesto crispado y los hombros bloqueados por una situación que parecía fuera de control, traspasadas por mucho las líneas rojas de lo que considerábamos tolerable.

Estábamos discutiendo.

Volviste tus grandes ojos verdes hacia a mí. O contra mí. Quisiste mirarme directamente a la cara, pero rehusé el contacto volviéndome hacia el mar. Moviste tus labios con severa y cortante urgencia, pronunciando algo que me estremeció e hizo que parase de golpe. Tú seguiste aún un par de pasos, pero al final te detuviste. Te quedaste quieta, con una actitud parecida a quién olvida algo y no sabe exactamente qué es. Como esperando que la respuesta se revele por encantamiento.

Nos quedamos así un momento. Separados, dándonos la espalda y mirando en direcciones opuestas mientras el viento arreciaba y barría la escena. La racha te revolvió el cabello. Levantaste la mano para recoger un par de mechones tras la oreja y las pulseras que llevabas en la muñeca tintinearon suavemente.

Allí estaba la que te regalé. Una pulsera de plata con pequeños colgantes en forma de luna que recorrían las cuatro fases: llena, creciente, menguante y nueva. Nos miramos de nuevo y susurraste algo sobre un final y una despedida. El viento sopló de nuevo y se llevó tus palabras. Deseé con todas mis fuerzas que las hiciera desaparecer, pero el viento, más que desvanecerlas, les dio consistencia y vida. Las hizo tangibles.

Te acercaste a mí. La mirada severa se volvió blanda. Arrugaste la frente en un gesto de compasión que me partió en dos. Te pusiste de puntillas y me besaste en la mejilla. Luego, con un nuevo tintineo de tus pulseras, te alejaste de alli siguiendo el paseo junto a la playa.

Y yo me quedé descolocado y roto, a solas con el viento. Sin otra cosa que hacer que tratar de cazarlo en mis pensamientos.

El médico entró en nuestra habitación sobre las ocho de la tarde. Era caribeño y venía pelado de frío. Yo levanté un poco la cabeza de la al...
El médico entró en nuestra habitación sobre las ocho de la tarde. Era caribeño y venía pelado de frío. Yo levanté un poco la cabeza de la almohada para echarle un vistazo y vi a Ivana esperando apoyada en el marco de la puerta. El tipo comenzó a hablarme con un fuerte acento cubano y bromeó sobre mi lastimoso estado. Reuní unas pocas fuerzas más y me incorporé del todo. Creo que incluso conseguí sonreír. Pero no lo recuerdo muy bien.

Llevaba más de seis horas superando los 39ºC de fiebre y mi cuerpo era un templo erigido en honor al sufrimiento y la tortura. Estaba confundido, sudoroso y sin fuerzas y parecía que los huesos se iban quebrando poco a poco dentro de mí, lacerando músculos a su paso.

El médico me miró la garganta, me auscultó por encima, descartó la meningitis moviéndome el cuello y se fue al cabo de un rato. Le oí hablando con Ivana en el salón, haciendo chistes y comentando nosequé del tiempo. Después me dormí.

Al cabo de un rato Ivana me trajo algo de cena que no pude tragar y me volví a dormir. Y entonces empezó todo. En una especie de transición invisible la realidad y la pesadilla se confundieron. La fiebre alta acentuó el efecto. Tenía que seguir las instrucciones que me había dado el médico. Transacciones de cojines y fórmulas matemáticas. Quedó muy claro que al final sólo podían quedar dos cojines: uno para entregar y otro para recibir que se anularían entre sí.

Estaba tumbado en nuestra cama, pero yo me vi rodeado por infinitos cojines: tenía cojines debajo, a la derecha, a la izquierda y por encima. No me dejaban respirar. Apenas conseguía recordar las fórmulas que me dio el médico para hacer los cambios. Iba cambiando uno de sitio, luego otro y otro, ahora el de más allá, pero el primero siempre volvía a aparecer. Me convertí en el Sísifo de los cojines, atrapado en un bucle infinito de desesperación. Estuve horas así, horas de baldío esfuerzo mental, empapado en sudor, girando sobre mí mismo, experimentando un dolor salvaje en los huesos y la garganta, cambiando cojines imaginarios de sitio.

Me desperté de madrugada. Pero mi mente no despertó con mi cuerpo, así que me fui a la cocina tambaleándome por el pasillo, haciendo cálculos imposibles, apoyado en las paredes, muerto de sed. Bebí agua y me volví a acostar. Y allí estaban esperándome los cojines.

Creo que no volví a dormirme, al menos no profundamente. Estaba en una duermevela semiconsciente en la que sabía que estaba enfermo, dolorido y tumbado en la cama, pero seguía convencido de que debía eliminar cojines. Sudé dos vidas hasta que se hizo de día.

Por suerte la luz blanquecina del alba obró un efecto balsámico en mi pesadilla y pude distinguir realidad de fantasía de manera clara por primera vez. Me desperté empapado y terriblemente cansado. La fiebre había bajado a 38 y me sentía algo mejor.

Yo no creo en Dios ni en el Infierno. Pero si existe seguro que se parece mucho a esto. El día después la fiebre volvió a subir a 39, pero pude controlarlo mejor. Vino de visita el buen marino y, antes de irse, me dijo con su habitual retranca: "hala, ya puedes ponerte el neopreno e ir a coger olas... con lo que te presta".

Tuve la tentación de tirarle un cojín. Pero no lo hice.

Largo camino - F: Ivana Focas del Mediterráneo - F: Pedro Diversión en pareja - F: Pedro Ella nunca lo haría - F: Pedro So...
Largo camino - F: Ivana
Focas del Mediterráneo - F: Pedro
Diversión en pareja - F: Pedro
Ella nunca lo haría - F: Pedro
Sombra en la costa - F: Pedro

¿Qué te pasa en los ojos?, me dices. Yo sonrío e imagino el efecto que produce mi mirada enrojecida y acuosa, irritados los ojos por el agua...
¿Qué te pasa en los ojos?, me dices. Yo sonrío e imagino el efecto que produce mi mirada enrojecida y acuosa, irritados los ojos por el agua salada y el frío viento del norte.

Mis retinas llevan impresas mil imágenes. El sol poniéndose tras un islote coronado por un antiguo faro, las montañas recortadas contra el cielo anaranjado del crepúsculo, los bosques descendiendo por sus laderas como una manta de musgo en la distancia. Lomos azules acercándose desde mar adentro, olas lentas, poderosas y limpias. Mis manos heladas hundiéndose en un mar de espuma blanca, los músculos que queman, la velocidad que se siente mientras acaricio la pared azul que quiere envolverme. También mis pies flotando ingrávidos bajo el agua, las rocas del fondo, el viento frío, el horizonte encrespado cuando se acerca la serie, las gaviotas pescando, los cormoranes emergiendo tranquilos a nuestro lado. Y las sonrisas, los gritos de júbilo, el compromiso, la concentración y la felicidad plena que nos rodea.

¿Qué te pasa en los ojos?, repites. Y yo, sonriendo de nuevo, feliz y en paz, resumo: esta tarde hice surf.