Cargando...
Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Ramis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Ramis. Mostrar todas las entradas

Llandudno (Cape Town) - F: Ivana Mírame siempre así - F: Pedro Fin del mundo - F: Pedro Noche de San Juan - F: Pedro ...
Llandudno (Cape Town) - F: Ivana
Mírame siempre así - F: Pedro
Fin del mundo - F: Pedro
Noche de San Juan - F: Pedro
Mediterráneo - F: Pedro

Acabo de cruzarme con la tristeza. No con una sensación, sino con un ser corpóreo. Real. La tristeza vestida de mujer, de carne y hueso. L...
Acabo de cruzarme con la tristeza. No con una sensación, sino con un ser corpóreo. Real. La tristeza vestida de mujer, de carne y hueso.

La mañana es gélida y el sol aún está por salir. El aire es frío y pesado. Penetrante. Avanzo por la gran avenida con paso decidido. El paso rápido de la ciudad que no se detiene. Cruzo miradas fugaces con algunos transeúntes hasta que me fijo en ella. Es una chica joven que viene caminando de frente. Arrastra una maleta y, mientras se acerca, noto que algo no está bien.

Camina despacio. Es algo imperceptible, pero su ritmo no se ajusta al del resto de peatones. Las ruedecitas de la maleta suenan contra la acera y parece que pesara un mundo. Ya está a unos pocos pasos y la miro con curiosidad. Unos rizos castaños recogidos, la piel pálida y unas pequeñas gafas de metal. Tras ellas, un par de ojos anegados en un mar de lágrimas. Cuando nos cruzamos, sus sollozos resuenan en la pequeña atmósfera que nos rodea.

Se va. Se aleja de mi lado y del lado de alguien más. De alguien importante, supongo. Imagino que en la maleta pesa más lo que deja atrás que lo que lleva consigo. Quizá se va por un tiempo. Quizá para siempre. Pero está claro que no quiere irse, que quiere seguir aquí, a su lado. Pienso que, sea cuál sea la historia, mi deber es correr tras ella y decirle que todo irá bien. Que en el mundo, pase lo que pase, mañana siempre es otro día.

Pero no lo hago. La ciudad no se detiene y yo tampoco. Sigo caminando y pienso que en esa maleta van también los abrazos que no recibió y las palabras de consuelo que no le supieron dar. Mis pasos ya no son tan decididos. Ahora mi ritmo tampoco se acompasa con el del resto.

Ojalá tenga suerte, pienso. De hecho, lo deseo con todas mis fuerzas.

Meditando - F: Ivana Reglas locales - F: Pedro Holidays! - F: Ivana Home grown - F: Pedro Tribu - F: Pedro
Meditando - F: Ivana
Reglas locales - F: Pedro
Holidays! - F: Ivana
Home grown - F: Pedro
Tribu - F: Pedro

Thinking of you - F: Pedro Contraste - F: Ivana Al pico - F: Ivana Set - F: Ivana Cabo Sao Vicente (PT) - F: Pedro
Thinking of you - F: Pedro
Contraste - F: Ivana
Al pico - F: Ivana
Set - F: Ivana
Cabo Sao Vicente (PT) - F: Pedro

Decisión - F: Ivana Tras la tormenta - F: Pedro Brisa - F: Pedro Atardece en la Colonia - F: Pedro Equilibrio - F: Pedro...
Decisión - F: Ivana
Tras la tormenta - F: Pedro
Brisa - F: Pedro
Atardece en la Colonia - F: Pedro
Equilibrio - F: Pedro

Under a blood red sky - F: Pedro Movimiento - F: Pedro Green - F: Pedro Surfer girl - F: Pedro A contramano - F: Pedro ...
Under a blood red sky - F: Pedro
Movimiento - F: Pedro
Green - F: Pedro
Surfer girl - F: Pedro
A contramano - F: Pedro

Tomaba pequeños sorbos de café y, entre uno y otro, se cogía el cabello con las manos enredándolo distraídamente. Sus ojos bailaban suavemen...
Tomaba pequeños sorbos de café y, entre uno y otro, se cogía el cabello con las manos enredándolo distraídamente. Sus ojos bailaban suavemente mientras explicaba la historia y cuando se detenía para recordar algo concreto o buscar la palabra adecuada, hacía un mohín inconsciente con los labios, un gesto entre disgustado e infantil que a mí me parecía mágico.

No recuerdo mucho de lo que hablaba, pero sí recuerdo el movimiento de sus manos, la ruta que marcaban algunos mechones sueltos hacia su pecho y aquella nuca que sólo dejaba entrever cuando jugaba con su pelo y que me hizo pensar en un claro de luna en el bosque, con sus delicados misterios.

Miré por la ventana un instante, lo justo para ver los árboles del parque agitándose en el viento cálido del verano. El sol estiraba las sombras y por la calle las personas, los coches y la vida pasaban sin cesar. Pero volvió a hablar y la miré de nuevo. Ahora explicaba algo divertido y una luz nueva se reflejó en sus ojos. Rió con franqueza y su risa detuvo el tiempo.

Lástima que aquella risa, aquella historia y aquel lenguaje oculto de gestos, miradas e intenciones fueran para el hombre que la acompañaba y no para mí. Pensé en nuestras líneas de tiempo viajando paralelas, juntas pero sin cruzarse jamás; víctimas desesperadas de una cruel asincronía.

Sunset - F: Pedro Ivana - F: Pedro Albufera - F: Pedro Footprint - F: Pedro Aguardando - F: Pedro
Sunset - F: Pedro
Ivana - F: Pedro
Albufera - F: Pedro
Footprint - F: Pedro
Aguardando - F: Pedro

La melodía áspera del despertador tomó la habitación al asalto. Eran las 6:30 de la mañana y el sol aún no había salido. El nadador se des...
La melodía áspera del despertador tomó la habitación al asalto. Eran las 6:30 de la mañana y el sol aún no había salido. El nadador se despertó sobresaltado y a tientas consiguió parar el molesto zumbido. A su lado estaba tumbada Paula que se había destapado durante la noche. Llevaba puestas unas braguitas blancas de algodón y le daba la espalda. El nadador recorrió con los dedos las vértebras de ella y siguió cuello arriba adentrándose en los rizos castaños, acariciando su nuca. Ella se giró a mirarle con los ojos verdes entrecerrados, moviéndose despacio al son de un ronroneo felino, hasta quedar tumbada de lado, de cara a él.

El nadador se apartó un poco, tomando distancia para apreciar mejor el cuerpo de ella. Luego miró por encima de su cabeza, en dirección a la ventana. La luz blanquecina del alba clareaba entre los tejados. La miró de nuevo a los ojos, ya abiertos y expectantes, y sintió como una sonrisa franca se dibujaba lentamente en su rostro. Quiso hablar, pero no pudo. Quiso abrazarla, tumbarse despacio sobre ella y adentrarse en su cuerpo, pero no pudo. Quiso que ella supiera cuánto la quería, pero fue imposible transmitirlo.

-Me voy al agua.

La besó fugazmente en los labios y se levantó. Ella volvió a girarse para seguir durmiendo, pero en la intimidad que su espalda le ofrecía, se sintió rechazada y triste. Y le odió por su silencio. Por el muro que había construido a su alrededor. Por el vacío distante que era incapaz de traspasar por ella. Porque, pese a estar físicamente a la distancia de un beso, estaba a mil kilómetros de allí.

El nadador desayunó frugalmente mientras veía las noticias en el televisor de la cocina, con el volumen bajado. Se desperezó con una ducha rápida y salió de casa con el bañador, el gorro, las gafas de natación y una toalla.

La arena de la playa seguía húmeda en el amanecer reciente. El mar estaba en calma, tenso como si fuera de mercurio. El nadador subió los brazos sobre la cabeza y estiró los músculos. La espalda, ancha y nudosa, crepitó como si el viento la doblase. Se ajustó las gafas. A través de los cristales ahumados el sol parecía más cercano que nunca, como un disco incandescente sobre el Cabo de la Avanzada, coronando el faro.

El nadador giró los brazos, nadando en el aire con los pies quietos. Pensó en Paula y la recordó tumbada en la cama, cinco años antes, con líneas de salitre veteando su piel bronceada. Habían ido a nadar al mar, casi de noche, y se quedaron en la playa hasta que la luna asomó tras las montañas. Volvieron a casa corriendo, envueltos por la noche y con el frío erizando su piel. No salieron de la cama hasta la mañana siguiente. Y no durmieron ni un sólo segundo.

Volvió en sí y contempló la bahía. Entró despacio en el agua y la sintió fría y hostil pese al cielo despejado que se reflejaba en ella. Se mojó el cuello, el pecho y el vientre y siguió avanzando hasta que el agua le cubrió hasta la cintura. Entonces se zambulló.

Nadó despacio hasta que consiguió una cadencia cómoda y ajustó el ritmo del braceo a su respiración. Estiraba los músculos como si pretendiera alcanzar algo con la punta de los dedos y a cada  brazada sentía el poder del impulso. Un torrente de burbujas escapaba de su boca entreabierta al expirar.

Fijó la vista en la inmensidad que se abría ante él. Una inquietante uniformidad verde le envolvía como una niebla sobrenatural. Aumentó el ritmo y sintió por primera vez el esfuerzo. Miró hacia abajo y vio como una pradera de posidonia corría bajo su sombra. Sus dedos rozaban las algas. Un banco de peces plateados se alejó al sentir su presencia.

El nadador siguió al compás de su respiración. A cada metro que recorría era más consciente de sus músculos, del latido de su corazón, del mar desconocido que le rodeaba. Y entonces las palabras acudieron a su mente. Imaginó lo que le hubiera dicho a Paula al despertar. Dibujó cada gesto en su imaginación, cada olor, cada sabor. El abrazo que debió darle. Pudo por fin, en aquella devastadora soledad, escoger las frases y los gestos para transmitirle cuánto la quería.

Llegó al espigón del puerto y dio media vuelta. Nadó tan rápido como pudo. Ya llevaba casi dosmil metros cuando llegó a la playa. Salió del agua cansado, jadeando y sintiendo el latido de su corazón en la garganta. Se secó mientras corría hacia casa. Sus piernas, agarrotadas por el esfuerzo, temblaban mientras subía las escaleras.

Paula estaba en la cocina, de pie, y aún iba vestida sólo con las braguitas de algodón. Se volvió a mirarle cuando entró con el pelo mojado y la respiración entrecortada.

-¿Qué tal ha ido?- preguntó mientras apoyaba una mano en su cadera.

El nadador la miró de hito en hito. Admiró de nuevo la perfección de su cuerpo y se detuvo en sus ojos verdes que aguardaban, como siempre, una respuesta que él no podía dar.

Quiso hablar. Quiso abrazarla y decirle cuánto la quería. Como antes. Como siempre.

Pero no pudo.

El verano languidecía en Ventura Bay y el viento de la tarde era fresco y persistente. Llegaron a su destino con cierta inquietud, guiados...
El verano languidecía en Ventura Bay y el viento de la tarde era fresco y persistente. Llegaron a su destino con cierta inquietud, guiados por un viejo taxista que no parecía de fiar. La entrada del almacén estaba en la parte trasera del edificio. El taxi se detuvo y el viejo les acompañó por un angosto callejón que lindaba con el edificio contiguo. Giraron y al llegar al patio trasero les sorprendió ver un jardín perfectamente cuidado, un comedor con sillas de madera bajo un cenador de lona y una pequeña piscina. Aquello no tenía nada que ver con el mal estado de la entrada principal del edificio. Era un pequeño oasis resguardado del viento en medio de uno de los peores suburbios de la ciudad.

-Jimmy, ¿estás ahí?- gritó el viejo.

Un momento después, asomó de la puerta del almacén la cabeza pelada y sonrosada de Jimmy Sontack.

-¿Qué pasa?- saludó con una gran sonrisa, estirando exageradamente la ese.

-Te traigo un par de clientes- dijo el viejo señalando a Mike y Andrea que saludaron tímidamente.

-¡Pasad! Bienvenidos a mi casa- dijo Jimmy terminando de abrir la puerta.

Entraron despacio, observando con mucha atención todos los detalles de la estancia. Esperaban un almacén sucio y desordenado pero en su lugar encontraron un salón muy acogedor. Había algunas fotos colgadas en la pared con escenas de surf y un montón de tablas perfectamente alineadas. En una esquina una enorme librería aguardaba atestada de libros y recuerdos de infinitos viajes. En el centro del techo una gran claraboya se abría a un torrente de luz natural que iluminaba toda la estancia. Sintieron una agradable sensación de hospitalidad, como si conocieran el lugar desde siempre.

Jimmy les acompañó a través del salón hacia otra habitación donde había colocado un pequeño despacho y les invitó a sentarse. Sacó un viejo cuaderno del escritorio, buscó una página en blanco y se preparó para tomar notas.

-Bien chicos, decidme que os trae por aquí- preguntó enarcando las cejas y esbozando una sonrisa.

Mike y Andrea se miraron y con un gesto casi imperceptible y muy femenino, ella instó a Mike para que hablara por los dos.

-Eh… bueno… hemos venido a hacerle un pedido. Queremos que nos haga una tabla a cada uno.

Jimmy les miró con curiosidad. Ninguno parecía haber pasado los diecisiete. Su viejo taller hacía casi dos décadas que había dejado de tener éxito. Ya casi no se producían tablas allí y Jimmy se ganaba la vida vendiendo viejas reliquias a snobs enamorados del surf clásico. Pero esos chicos no parecían ese tipo de surfista.

-¿Por qué yo?... estáis en una de las capitales mundiales del surf. Hay un montón de talleres de shape y seguro que casi todos son mejores que éste.

-Tenemos nuestras razones, señor Sontack. Conocemos su trabajo y nos encanta. Queremos que usted nos haga esas tablas.

-Por favor- añadió Andrea, mirando a Jimmy con los ojos azules abiertos de par en par.

Jimmy les miró sorprendido. No se parecían en nada a sus clientes habituales y pensó que allí había gato encerrado. Sin embargo, pudo más su curiosidad. Además, al fin y al cabo eran clientes y no estaba el negocio como para rechazar un trabajo.

-Está bien, lo haré.

Mike y Andrea se miraron aliviados. En los siguientes diez minutos Mike desgranó uno por uno todos los detalles de las tablas. Jimmy no dejó de tomar notas a la vez que imaginaba mentalmente las proporciones. Aquel chico le estaba describiendo una joya. Una tabla para olas potentes, equilibrada y progresiva. Y para la chica un shape más refinado y polivalente.  La cantidad de medidas, curvas y proporciones que describía Mike abrumaron a Jimmy.

-¿Os vais a las islas o qué? ¡Esto que me estáis pidiendo es muy radical!

Los chicos se rieron al oír ese adjetivo que ya nadie usaba, pero que a ellos les resultaba tan familiar. Un destello de orgullo les cruzó la mirada. Pero no contestaron. Sencillamente Mike siguió dando detalles cada vez más precisos sobre las tablas. Cuando hubo terminado, se recostó en la silla y esperó ansioso la reacción de Jimmy.

-Esto va a ser un reto, ¡ya lo creo!... ¿Dónde has aprendido tanto sobre diseño de tablas?.

-Supongo que mirando… Me encanta surfear.

-¡Y a mí!- aclaró sonriente Andrea.

-Ya veo, ya veo… Sigo pensando que aquí hay gato encerrado, pero ¡demonios!, si consigo fabricar lo que me pides ¡voy a rejuvenecer diez años!

Los tres rieron relajados. Andrea miró a Mike un momento y reconoció en sus ojos un sentimiento propio: ambos se hubieran quedado toda la tarde allí, viendo trabajar a Jimmy y escuchando sus historias sobre olas y aventuras alrededor del mundo. Nada les hubiera gustado más. Pero no podían. Tenían que volver a casa. Así que aclararon algunos temas sobre los plazos de entrega, acordaron el precio y se despidieron de él.

...

Tres semanas más tarde Mike y Andrea volvieron al taller tal como habían acordado. Jimmy les esperaba impaciente. Había sido un trabajo duro con escaso margen para la improvisación, pero el resultado era inmejorable.

Cuando traspasaron el umbral del taller, vieron las relucientes joyas apoyadas en la pared del fondo. La de Mike era tres pulgadas más larga que la de Andrea, con cantos afiladísimos y un pin tail que hacía soñar con tubos con sólo mirarlo. Por toda decoración Jimmy pintó lo que Mike le había indicado: una M mayúscula roja. La de Andrea lucía un A en color verde. Eran de una pureza de líneas casi mística. Verlas te trasladaba a arrecifes de coral bañados por el Índico. Eran la perfección.

Mike y Andrea las acariciaron en silencio, admirando los detalles. El polvillo sobre el plug del invento denotaba su reciente creación. El leve y dulce olor de la resina las envolvía. Algo sobrenatural parecía latir en su interior.

-Son magníficas…- acertó a decir Mike mientras seguía el contorno de la M mayúscula con los dedos.

Una sensación difícil de explicar les sobrecogió a ambos y cruzaron sus miradas con la de Jimmy, brillantes de pura emoción.

-¡Muchas gracias!- susurró Andrea y con un gesto de infinita ternura abrazó con cariño a un sorprendido Jimmy.

Los tres rieron con ganas. Mike y Jimmy se dieron la mano.

-Algún día tendréis que volver y explicarme que ha sido todo esto. Estoy ante mis dos mejores creaciones y resulta que han sido dictadas al detalle por un chaval adolescente y su curiosa amiga…

-Hermana, - interrumpió Mike – su curiosa hermana.

Se despidieron y Jimmy volvió a su taller, profundamente intrigado.

...

Mike y Andrea llegaron a casa bien entrada la noche. En el sofá dormitaba su madre. Ambos la besaron y, sin hacer ruido, salieron por la puerta de atrás y siguieron hasta el cobertizo que tenían en el jardín. Abrieron la puerta y vieron las herramientas de su padre esparcidas alrededor de un blank de foam a medio moldear. En la pared había infinidad de esquemas y dibujos, listas de medidas y de materiales. Ambos los admiraron de nuevo, tal como llevaban haciendo desde hacía semanas. Uno tras otro fueron observando los bocetos, deteniéndose en cada uno como si anduvieran por un museo. Cuando llegaron al último ambos se miraron. Una M roja y una A verde lucían pintadas sobre el dibujo de dos tablas.

-Ya está papá -murmuró Mike- Gracias por nuestro regalo.

Y al salir del cobertizo miró al cielo estrellado buscando el guiño de su padre.

**Escribí este cuento, con el mismo título, para el blog SurfStories (ya no está online) y para la web Mallorcasurf.com y ha sido corregido para esta entrada.

Foto: Lee Chang Ming Cuando alces el vuelo, dónde huya tu mirada, dondequiera que vayas, allí estaré. Dónde el mar de tus ojo...
Cuando alces el vuelo,
dónde huya tu mirada,
dondequiera que vayas,
allí estaré.

Dónde el mar de tus ojos
desborde las orillas
e inunde nuestra tierra,
allí estaré.
Dónde tu risa resuene,
conjure la tormenta
y nos traiga primavera,
allí estaré.

Y cuando el tiempo te venza,
o la tristeza te lleve,
dondequiera que llegues,
allí estaré.

Fue un hecho sin importancia, pero suelo recordar este tipo de cosas. Sucedió hace años, cuando yo acababa de doblar los treinta. Solía volv...
Fue un hecho sin importancia, pero suelo recordar este tipo de cosas. Sucedió hace años, cuando yo acababa de doblar los treinta. Solía volver del trabajo por una calle que está cerca de un instituto de secundaria. A la hora que yo pasaba por allí, más o menos las tres y cuarto, solía coincidir con grupos de chavales que acababan de salir de clase.

La mayoría de ellos eran ruidosos, asilvestrados y hablaban a gritos queriendo llamar la atención. Pero siempre había excepciones. Una chica que leía un libro en la parada del bus, un par de chicos que discutían con moderación y sólidos argumentos sobre el partido del día anterior e incluso un día vi a uno salir con un par de periódicos bajo el brazo. Gente rara, supongo.

A mí me encantaba ver que pese a la televisión, pese a la ESO y a todos los prejuicios de los que ya habíamos dejado atrás la infancia, había chicos de todo tipo. Y todos reivindicaban su sitio, su manera de ser y su trozo de futuro. El que nosotros estábamos ocupando.

En ésas estaba cuando sucedió. El semáforo de peatones acababa de ponerse en rojo y me detuve ante el aturullado fluir del tráfico. A mi lado se pararon dos chavales, mochila al hombro. Uno venía burlándose del otro que permanecía impasible y con la vista clavada en el semáforo del otro lado de la calle.

-¡Crucemos ya!- dijo el primero.
-¿No ves que está en rojo?- contestó el otro.

Pese a la evidencia, el primero decidió cruzar y tuvo que sortear dos coches y una sonoro claxon antes de llegar al otro lado, con aire triunfal.

-¡Cruza ya pringao!- gritó desde el otro lado.

Mi compañero de semáforo siguió impasible, aunque con cierto aire de fastidio por estar llamando la atención por culpa de su amigo.

-¡Lo que te pasa es que no tienes huevos!- gritó de nuevo desde la orilla opuesta, ahora rematando la jugada con una burlona carcajada.

Miré de soslayo a mi estoico compañero y me pareció ver una media sonrisa asomando en su rostro, la misma que luce el jugador de ajedrez cuando contempla el movimiento en falso de su oponente que le pone el jaque mate en bandeja de plata.

-Lo que no tengo es prisa, idiota- sentenció.

Confieso que exageré la sonrisa que me provocó la réplica. Lo hice sólo con el objetivo de que el perdedor de la otra orilla se avergonzase aún más. Que descubriera que no sólo su amigo había disfrutado con aquello. El semáforo se puso en verde y ambos cruzamos despacio y con paso seguro, albergando la secreta satisfacción de la victoria.

¿Y si tú y yo...? Pienso mientras me miras, cuando me hablas, al notar tu tal vez . ¿Y si tú y yo...? Digo callando al sonreírte, ...
¿Y si tú y yo...?
Pienso mientras me miras,
cuando me hablas,
al notar tu tal vez.
¿Y si tú y yo...?
Digo callando al sonreírte,
al escucharte,
al tirar de tí para abrazarte.
¿Y si tú y yo...?
Pienso cuando te espero,
cuando te sueño,
al perderte de nuevo.

Foto: Leo Jauncey ¿Admites que lo hiciste? ¿Admites que olvidaste para seguir, que seguiste para alejarte, que te alejaste para olvid...
Foto: Leo Jauncey
¿Admites que lo hiciste?
¿Admites que olvidaste para seguir,
que seguiste para alejarte,
que te alejaste para olvidar?

Sabes que pudimos escapar.
Subir a los bosques,
bajar a las playas,
nadar en el mar.

Sólo necesitaba un gesto.
Esa sonrisa acogedora, encantadora,
cruel a veces.
Palpitante siempre.

Ese brillo de tus ojos.
Esa profundidad inaccesible,
antigua como el tiempo,
que nunca quisiste entregar.

Sólo necesitaba ese gesto.
Esa sonrisa. Ese brillo.
Sólo ese leve movimiento
y te hubiera entregado los bosques, las playas y el mar.

Pero lo hiciste.
Seguiste.
Te alejaste.
Para olvidar.

El aparcamiento a pie de playa estaba hasta los topes. En el agua, unos veinte surfistas se repartían una marejada del noreste que había cre...
El aparcamiento a pie de playa estaba hasta los topes. En el agua, unos veinte surfistas se repartían una marejada del noreste que había crecido con fuerza durante la mañana. Yo acababa de salir del agua y caminaba despacio hacia el coche. La tarde era cálida a pesar de que la primavera acababa de empezar y las olas rompían con calidad y fuerza.

En pequeños grupos alrededor de los coches los amigos conversaban sobre el baño y algunas chicas reían y se hacían confidencias. En la orilla, un grupo más numeroso criticaban cada una de las olas que cogían los de dentro. "Todo parece fácil en seco", me dije mientras goteaba agua salada. Tras una furgoneta, una rubia atlética se subía la cremallera del traje bajo la presión de cuatro chavales que no le quitaban ojo. Una tarde típica de surf mediterráneo.

En esas estábamos cuando un coche con tablas en la baca irrumpió a toda velocidad. Un par de frenazos escandalosos después aparcó, captando la atención de todos. Salieron de él dos chicos y una chica. Apenas habían doblado los veinte años y una post-adolescencia rebosante de attitude les envolvía. Pantalones stretch, camiseta ajustada y gorra surfera ladeada. Enormes gafas de sol, pendientes y algún tatuaje. Un anuncio de ropa a doble página había cobrado vida ante nuestros ojos.

Bajaron las tablas de la baca, se pusieron las mochilas a la espalda y echaron a andar hacia la playa. Un paseo aparentemente relajado, pero calculado al milímetro. Un paseo que, para ellos, valía tanto como la mejor ola del día.

(Este artículo lo publiqué originalmente en SurfStories, blog actualmente offline, bajo el mismo título y ha sido corregido para esta entrada)

the golden hour - Keitha Haycock [cocteau.triplet] ( enlace ) Recuerdo despertar con el aliento de la brisa. La arena húmeda del amane...
the golden hour - Keitha Haycock [cocteau.triplet] (enlace)
Recuerdo despertar con el aliento de la brisa.
La arena húmeda del amanecer y el mar entre la hierba.
Abrir los ojos y enfocar despacio hasta captar los matices.
Azules, verdes y un blanco abrumador.

Recuerdo estar junto a ella.
Sus ojos atravesándome, lanzados al viento.
Teniéndola sin retenerla.
Huyendo y regresando, a mi lado y a millas de distancia.

Recuerdo su sonrisa. Y la mía.
Recuerdo todas las sonrisas.

Recuerdo cuánto quisimos exprimir aquellos días.
Tanto que nos adelantó el tiempo y no nos dimos cuenta.

Ocurrió este mediodía. El chaval no tendría más de diecisiete años. Le acompañaban dos chicas y caminaba por la acera con esos aires que se ...
Ocurrió este mediodía. El chaval no tendría más de diecisiete años. Le acompañaban dos chicas y caminaba por la acera con esos aires que se dan los adolescentes que sienten el mundo a sus pies. Charlaban a ráfagas y ellas parecían atender solícitas a sus argumentos. El chico estaba preocupado. Comentaba algo de un regalo para su chica. Las dos amigas trataban de aconsejarle, pero él seguía confuso: nada de lo que ellas decían parecía complacerle.

Apreté el paso tratando de adelantarles. Ya me estaba aburriendo tanta cháchara juvenil de soy un cafre con mi novia y me ahogo en un vaso de agua. Pero cuando estaba pasando a su altura, el tipo dijo algo que me dejó pensando. Contrariado, alzando la voz y con un sobreactuado desdén en el tono, explicó: "Es que ella es muy casera. Le gusta estar en casa. Hacer ese tipo de cosas. No sé, ver una peli, ir a La Oca a ver muebles o ducharnos juntos".

Lo dijo tan alto que no pude evitar oírlo mientras conseguía adelantarles. Ojalá hubiera tenido tiempo y ganas de girarme y hablar con él. Pero tenía mucha hambre. Y prisa. Así que no lo hice.

Por eso lo haré aquí y ahora.

Carlos o Juan o Raúl o como te llames, escucha. No hay un regalo digno para una chica así. Una chica de diecisiete años que quiere estar contigo en casa, abrazándote en el sofá mientras veis una película o ir a curiosear en tiendas de decoración cogiéndote de la mano, acariciándote el pelo mientras imagina como será vuestra casa dentro de unos años, no merece cualquier chuchería. Una chica que prefiere ducharse contigo a ducharse sola, que confía en ti, que te desea tanto como para hacer eso, merece un regalo que esté a su altura.

Yo puedo aconsejarte. Un buen principio sería que mantuvieras la boca cerrada y compartieras sólo con ella la intimidad que te está ofreciendo. No con el resto de tus amigos. No con cualquier tipo que te adelanta caminando por la acera. Eso le gustaría mucho, de verdad. Más que cualquier cursilería estúpida que puedas comprar por ahí.

De nada Carlos. O Juan o Raúl o como demonios te llames.

La marejada se acercaba a gran velocidad y las boyas hidrográficas marcaban máximos históricos. Un tren de olas de ocho metros con periodos ...
La marejada se acercaba a gran velocidad y las boyas hidrográficas marcaban máximos históricos. Un tren de olas de ocho metros con periodos de dieciséis segundos marchaba con orden militar hacia el sureste. La alarma en toda la costa cantábrica era general. Los servicios de emergencia se afanaban en sus preparativos y miles de curiosos se agolpaban en las escolleras y los acantilados para ver el espectáculo. En la televisión se sucedían los avisos y se repetían las imágenes de archivo de las anteriores marejadas en un bucle sin fin.

Mientras todo eso ocurría, Ander estaba sentado frente a un tazón de leche fría. En un camastro junto a él se retorcía desesperada Edurne, casi sin fuerzas, con una herida de bala en el estómago. Estaban en un piso de la parte vieja de Bilbao. Ander miró a Edurne y le acarició el cabello mojado mientras ella entrecerraba los ojos. Pensó que ya no era tan hermosa como antes. Ahora estaba herida, sudorosa y febril. Esta vez el escolta del concejal reaccionó rápido. Hubo un tiroteo. Murió el escolta, cayó herida Edurne y el político se salvó por los pelos. Qué inutilidad, pensó Ander. Qué hedor insoportable a sangre seca y sudor.