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En 2007 unos surfistas entusiastas del Mediterráneo trataron de realizar un sueño difícil: sacar una revista de surf gratuita, financiada s...
En 2007 unos surfistas entusiastas del Mediterráneo trataron de realizar un sueño difícil: sacar una revista de surf gratuita, financiada sólo con publicidad. No es casualidad que fueran precisamente los perseverantes y voluntariosos surfistas del Mediterráneo los que intentaran la proeza. El surf aquí es cuestión de voluntad. Casi de fe. Nuestro mar no tiene olas, pero nosotros no nos rendimos jamás.

Aún así, el proyecto fracasó. Quizá no era el momento adecuado. Puede que el formato papel no fuera el indicado y la calidad de la revista no era óptima. Se llamaba Inside Magazine, tuvo tres números y a mí me enorgullece decir que colaboré con ellos con mi granito de arena en forma de artículo y de difusión a través de las plataformas que estaban a mi alcance en ese momento.
Los tres números de Inside que tengo en casa.
Aquello fue como uno de esos días en que te metes 140 kilómetros entre pecho y espalda para llegar a una playa fría, sin olas y con un tiempo gris desapacible. Es un fracaso, pero  lo vives con alegría porque sabes que no será el último. Y sabes que entre fracaso y fracaso, le arrebatarás olas fantásticas a un mar que no quiere dártelas.

Reproduzco el texto que publicaron en el número 3 y que escribí una noche, después de una buen día de surf:

Sensación.

La sensación de coger una ola es tan íntima y personal que es prácticamente imposible describirla. Sencillamente es algo que ves en los ojos de los demás surfistas. Es un brillo especial, encendido de adrenalina y a la vez apaciguado, ebrio de sosegada plenitud.

Sin embargo, para las personas ajenas al surf es un hecho intrascendente. Sólo ven a un tipo remar desesperadamente pataleando como un niño. Luego, de un salto, se pone de pie y recorre una ola de arriba a abajo hasta que, o bien cae, o bien se tira al agua. Parece una estupidez.

Para los que alguna vez hemos surfeado una ola la sensación es muy diferente. Empieza mucho antes, cuando ves despuntar una serie en el horizonte. Observas el mar impasible y concentrado hasta que ves esa sombra alzarse a lo lejos. Los demás surfistas también se dan cuenta y se tumban sobre la tabla para salir hacia mar adentro. El line up se distribuye: los más fuertes reman en diagonal hacia el pico, algunos se quedan rezagados más al interior esperando que la serie no sea tan grande como parece y otros reman en sentido opuesto, hacia el brazo de la ola buscando la protección de aguas más profundas. Los latidos del corazón ascienden a tus sienes. Sientes tu propio pulso en el cuello y en las muñecas.

Las olas se acercan irreversiblemente, más veloces de lo que te gustaría. Va a ser un set grande. Miras a tu alrededor y observas a los demás que ya se han sentado sobre la tabla. Llega la primera ola. Choca contra el fondo de roca y se levanta vertical frente al tipo mejor colocado que se gira y rema con fuerza. El agua parece cobrar vida y una fuerte corriente inversa atrapa la tabla del surfista y la asciende rápido hacia el labio. Él sigue remando con fe, con toda la fuerza de que es capaz. Así vence la corriente y otra fuerza, la del labio, le empuja hacia adelante. Entonces deja de remar, levanta el pecho y apoyando las manos en la tabla se pone de pie a la vez que encarrila el canto hacia la pared de la ola que rompe tras él con u bufido.

El surfista y la ola corren juntos y pasan a tu lado. Giras la cabeza y ves la carena de su tabla dibujando un giro casi en el aire. Levanta una cortina de agua que cae sobre ti. Sonríes con admiración, no puedes evitarlo.

La segunda ola llega con menos fuerza y aprovechas para acercarte al pico. Ahora eres tú el mejor colocado. Un vistazo rápido te da la seguridad de estar en el sitio adecuado. Notas la mirada de los demás clavada en ti. Es tu turno, no puedes fallar.

La tercera ola ya está aquí. Tu corazón sigue bombeando pero ya no notas nada. Tu mente se vacía de golpe y se rellena de serena concentración. Aquí eres más valiente y determinado que en cualquier otro lugar. No hay jefes, no hay problemas de trabajo, no hay novias celosas. En este momento el mundo sois tú y esa ola.

Se levanta tras de tí. Giras sobre ti mismo, te tumbas en la tabla y remas con fuerza. El agua que tienes en frente es succionada por la ola y te atrapa. Remas, remas remas... Con fuerza y fe. Sientes que el labio te empuja por fin y paras. Durante un instante te dejas llevar tumbado, evaluando el mejor momento para hacer el take off. No piensas, sólo sientes.

Llegó el momento. Te pones de pie. Ahora el empuje de la ola se multiplica. Está más vertical y tú has liberado la tabla del lastre de tus piernas. Te inclinas hacia delante buscando la pared. Tu brazo izquierdo -eres goofy y lo que tienes entre manos es una izquierda muy seria- acaricia la pared de la ola con distraída elegancia. Con cariño.

Te asientas. Flexionas las piernas. Esto va bien. Muy bien. Diriges la tabla al seno de la ola y sientes la velocidad, el viento en la cara. Sigues sin pensar. Estás fluyendo. Tus músculos trabajan a destajo, tu corazón bombea. Pero no notas nada. Sólo es sensación que conoces tan bien. Esa combinación química en tu cerebro. Esa alquimia misteriosa que te transporta.

Te tiras al bottom con confianza y la tabla responde. Cambias los apoyos en una transición inconsciente, mágica. Subes por la ola hacia el labio y te preparas. Tus músculos se tensan. La mirada focaliza en un punto y todo tu cuerpo la sigue. En el momento justo, un instante fugaz, giras la cabeza y miras de nuevo al fondo de la ola. Tu cuerpo continúa pegado a tu mirada y también gira con rapidez. Una explosión de agua y un fuerte empuje bajo tus pies dibujan el giro en el labio. La energía que sustenta tu tabla aumenta de golpe y sales despedido hacia delante, pero canalizas el impulso. Todo está bajo control. Detrás de ti una cortina translúcida refracta los rayos del sol.

Entonces la sensación asciende desde lo más profundo. Las puertas de tu templo interior se abren de par en par y dejan escapar un torrente de adrenalina y dopamina. Una niebla narcotizante envuelve tu cerebro. La química mística navega libre por tus vasos sanguíneos. Ha sido un girazo.

Sigues fluyendo con la ola y la escena se repite dos, tres veces. Con cada giro explosivo, con cada transición fluida, con cada bottom tenso, las reacciones químicas en tu cerebro se suceden. Ahora eres feliz. En tu mirada, como en la de tantos otros, destella ese brillo especial.

Como he dicho al principio es prácticamente imposible describir la sensación que te aporta el surf. Esto no es más que un torpe intento. Si haces surf sabes de lo que hablo. Sabes que a veces puede ser incluso mejor. Que hay momentos que no pueden expresarse con palabras.

Si nunca has hecho surf espero que esto te haya servido para entendernos mejor.

Sé bienvenido.

"Me sentí seducido por algo parecido a la admiración y la envidia. La aventura lo estimulaba, emanaba un aire de aventura. Con toda se...
"Me sentí seducido por algo parecido a la admiración y la envidia. La aventura lo estimulaba, emanaba un aire de aventura. Con toda seguridad no deseaba otra cosa que la selva y el espacio para respirar y transitar. Necesitaba existir, y moverse hacia delante, hacia los mayores riesgos posibles y con los más mínimos elementos. Si el espíritu absolutamente puro, sin cálculo, ideal de la aventura, había tomado alguna vez posesión de un ser humano, era de aquél joven remendado".
Joseph Conrad - "El corazón de las tinieblas"
Conrad lo dice mejor que nadie lo dijo nunca, en boca del viejo capitán Marlow: la admiración por aquéllos que saben vivir de acuerdo a sus principios, siguiendo el impulso de la aventura, con la angustia de no darse jamás por satisfechos ni conformes y el inquebrantable compromiso de seguir apuntando la proa a los sueños que están por cumplir.

Yo, como el personaje de Conrad, también siento admiración y envidia hacia ese tipo de personas. Las que aceptan por toda compañía la luz crepuscular de la jungla indonesia, el temporal duro de los cuarenta rugientes, la solitaria desnudez de la estepa centroasiática o la probable muerte en las cumbres heladas del Himalaya. Las que, en definitiva, viven y sienten en primera persona las aventuras que los demás sólo encontramos en los libros.

Por eso doy gracias a Conrad, London, Verne, Stevenson y tantos otros. Por transmitir con tanta lucidez la pulsión del aventurero. La que le permite vivir para siempre en el filo. Su angustia estructural.

Les doy gracias por mantener viva esa angustia en mí y no permitir que se aplaque jamás.

Hoy es un día triste en nuestra empresa. Es el último para 31 compañeros que han sido despedidos. Los motivos son conocidos por todos, pero ...
Hoy es un día triste en nuestra empresa. Es el último para 31 compañeros que han sido despedidos. Los motivos son conocidos por todos, pero varían sustancialmente dependiendo de la persona que los explica. A mí no me interesan los motivos, al menos en este momento. Me interesaron el día en que se les comunicó su suerte (1 y 2) y seguramente me interesarán para el futuro que nos espera. Pero ahora no.

Entre las personas que se van está una de la que he aprendido mucho. Una con la que he disfrutado de trabajar codo con codo, con idas y venidas, los últimos 11 años. Nos hemos reído, hemos sufrido y hemos levantado proyectos importantes junto al resto de compañeros. Una persona a la que me enorgullece considerar un amigo.

Acabo de recibir su abrazo recio y fuerte. Un abrazo de oso amable. Uno que no quisieras acabar nunca porque atesora una semántica que va más allá de las palabras. Un abrazo que lleva grapada una despedida, una tristeza difícil de describir, pero también un optimismo sobrecogedor. Y muy especialmente, un abrazo que lleva consigo una declaración de amistad que agradezco y que, ahora y siempre, trataré de completar con la reciprocidad que merece.

Seguro que hoy ha habido muchos abrazos como éste. Abrazos que sellan cosas sin decirlas. Abrazos que demuestran que tras cada DNI, tras cada nómina, hay una persona única, preciosa e imposible de sustituir.

El aparcamiento a pie de playa estaba hasta los topes. En el agua, unos veinte surfistas se repartían una marejada del noreste que había cre...
El aparcamiento a pie de playa estaba hasta los topes. En el agua, unos veinte surfistas se repartían una marejada del noreste que había crecido con fuerza durante la mañana. Yo acababa de salir del agua y caminaba despacio hacia el coche. La tarde era cálida a pesar de que la primavera acababa de empezar y las olas rompían con calidad y fuerza.

En pequeños grupos alrededor de los coches los amigos conversaban sobre el baño y algunas chicas reían y se hacían confidencias. En la orilla, un grupo más numeroso criticaban cada una de las olas que cogían los de dentro. "Todo parece fácil en seco", me dije mientras goteaba agua salada. Tras una furgoneta, una rubia atlética se subía la cremallera del traje bajo la presión de cuatro chavales que no le quitaban ojo. Una tarde típica de surf mediterráneo.

En esas estábamos cuando un coche con tablas en la baca irrumpió a toda velocidad. Un par de frenazos escandalosos después aparcó, captando la atención de todos. Salieron de él dos chicos y una chica. Apenas habían doblado los veinte años y una post-adolescencia rebosante de attitude les envolvía. Pantalones stretch, camiseta ajustada y gorra surfera ladeada. Enormes gafas de sol, pendientes y algún tatuaje. Un anuncio de ropa a doble página había cobrado vida ante nuestros ojos.

Bajaron las tablas de la baca, se pusieron las mochilas a la espalda y echaron a andar hacia la playa. Un paseo aparentemente relajado, pero calculado al milímetro. Un paseo que, para ellos, valía tanto como la mejor ola del día.

(Este artículo lo publiqué originalmente en SurfStories, blog actualmente offline, bajo el mismo título y ha sido corregido para esta entrada)

Stefan Zweig es uno de mis autores preferidos. En su obra " El mundo de ayer ", publicada tras su muerte, hace un recorrido por la...
Stefan Zweig es uno de mis autores preferidos. En su obra "El mundo de ayer", publicada tras su muerte, hace un recorrido por la Europa de las dos grandes guerras que él vivió en primera persona. Estos dos acontecimientos históricos marcaron  de manera trágica el rumbo de nuestro continente y Zweig describe con una prosa tan elegante como eficaz el sentimiento de alienación que le produjeron ambas contiendas.

La sensación más notable que sintió ante el inicio del primer conflicto fue incredulidad. El vivir el momento como ajeno a él. El pensar que, aunque todo se obstinaba en indicar lo contrario, no era posible que una sociedad civilizada entrase en semejante disparate, se arrojara a ese oscuro abismo. El creer que un aliento de humanidad cambiaría el curso de la Historia en el último momento.

Evidentemente no fue así. La Primera Guerra Mundial acabó con la vida de 8 millones de personas (wp). Para Zweig el advenimiento de la Segunda fue aún peor. Por quiénes la motivaron, por las razones que esgrimieron y por la repetida derrota de la Humanidad en su vano intento de impedir otro infierno en la Tierra. Una vez más no llegó la salvación en el último momento. En la segunda gran guerra murieron entre 50 y 70 millones de personas (wp). Un incremento atroz. Pero lo peor, lo que de verdad nos hizo avegonzar como especie, fue caer de nuevo en el mismo agujero. Tropezar de nuevo en la misma piedra.

Pienso en todo esto cuando leo que se avecina un segundo "Momento Lehman" en la economía mundial. Un momento de crisis bancaria que arrastrará tras de sí a los mercados, a los estados y a los ciudadanos. Porque ahora no hay posibilidades de intervención. No hay dinero guardado para posibles contingencias. Ese dinero ya se gastó en el primer rescate a la Banca. Ahora la caja está vacía.

El paralelismo entre la sensación de Zweig ante la Segunda Guerra Mundial y el ánimo colectivo del momento actual es evidente. No hemos aprendido nada. Estamos expuestos a la inevitabilidad de los acontecimientos y nos dejamos arrastrar por el devenir de la Historia como si nos fuera ajena. Se nos viene encima otro momento trágico. Estamos a punto de repetir nuestros errores. La misma piedra ha aparecido en el horizonte y nos dirigimos de cabeza a tropezar con ella.

Tengo la suerte de conocer a una de las personas más cultas del planeta Tierra. No es un intelectual reconocido, ni un escritor afamado ni, ...
Tengo la suerte de conocer a una de las personas más cultas del planeta Tierra. No es un intelectual reconocido, ni un escritor afamado ni, por supuesto, un periodista de prestigio. Es abogado y ha dedicado su vida entera, desde la infancia, a devorar un libro tras otro. Su biblioteca personal, caótica y numerosísima, es digna de admirar. Pero no sólo por la cantidad, variedad y profundidad de las obras en ella recogidas, sino por el hecho de que todos los libros que reposan en las estanterías, sobre las mesas, las sillas e incluso en el alféizar de las ventanas, han sido incorporados al conocimiento exhaustivo del mundo que atesora su dueño. Eso es lo más admirable.

Siempre disfruto mucho cuando tengo la oportunidad de charlar con él. Aunque quizá el término correcto no es charlar, sino sencillamente escuchar. Maravillarse con la capacidad de explicar el mundo relacionando hechos, épocas, causas y efectos que a la mayoría de nosotros nos pasan desapercibidos. Ayer fue una de esas ocasiones. Hablamos de muchísimas cosas, de geopolítica, del petróleo de Oriente Medio, de minas de diamantes en África del Sur, del dinero africano en Portugal, de fronteras, de oleoductos estratégicos en Afganistán, de El Gaddafi y Hussein, de la CIA, de Obama, de portaaviones, de submarinos, de fragatas... Un informe completo. En un momento de la conversación llegamos a la conclusión de que, pese a tener un pensamiento crítico, pese a tener la inquietud necesaria para estar informados mucho más allá de lo que los medios tradiconales nos ofrecen, pese a poder comprender lo injusto, aterrador y atroz que es el mundo y el sistema que lo gobierna, no hacemos nada para cambiarlo. Sencillamente porque no hay mucho que podamos hacer. Básicamente estamos solos en esto.

Al instante recordé un pasaje del libro de Justin Scott "El Cazador de barcos": "En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir". De eso se trata, dijimos, de saber quién te está asestando el golpe. De tener claro quién, cómo y porqué está acabando con tu vida, arruinando tu felicidad, recortándote libertades, haciendo desaparecer conquistas sociales que necesitaron mucho esfuerzo y sufrimiento. Para eso es necesario leer, investigar, informarse, ser curioso hasta el absurdo, escéptico hasta la extenuación. Para saber en el momento de la muerte, real o figurada, quién nos ha llevado hasta allí y por qué motivo.

Pocas veces me he sentido tan identificado con la soledad, la profundiad de pensamiento y la angustia de un personaje de novela como en el c...
Pocas veces me he sentido tan identificado con la soledad, la profundiad de pensamiento y la angustia de un personaje de novela como en el caso del joven Holden Caulfield de "El guardián entre el centeno" (también conocido como "El cazador oculto" o el original "The catcher in the rye").

Oí hablar del libro cuando era adolescente, sin embargo, en ese momento mis preferencias literarias eran otras y lo ignoré. Ahora sé que ése hubiera sido el momento idóneo para leer esta pequeña novela de J. D. Salinger.

Con todo, siempre me sentí atraído por el título sin saber nada del contenido de la novela. Esa frase sin verbo tiene una musicalidad extraña y una capacidad de evocar que permite, a modo de esos concursos literarios donde se sugiere un título, imaginar la novela humana definitiva.

Cuando hace un par de semanas por fin cayó en mis manos, pensé que inevitablemente me decepcionaría. Nadie puede escribir algo a la altura de semejante título, pensaba. Además había leído opiniones de todo tipo acerca del libro y muchas coincidían en considerarlo una obra sobrevalorada. Pero mi sorpresa, mi agradable y correctora sorpresa, fue que efectivamente ésta es una de las novelas humanas definitivas.

Salinger se pone en la piel de Holden Caulfield, un adolescente de 17 años en el New York de los años 40. En la novela explica sus andanzas en primera persona durante las horas que transcurren entre el día que es expulsado de un colegio de élite y el momento en que vuelve a casa. Holden está en la frontera que separa al niño del hombre y, cómo nos ha pasado a todos en ese momento difuso, se siente incómodo y deprimido y trata por todos los medios de superar esa etapa sin ser consciente de ello.

Se trata de un personaje contradictorio (como todos los adolescentes), dotado de una fina inteligencia y un vasto mundo interior que no se adapta a un sistema educativo y una sociedad en los que se siente perdido. Las reflexiones que realiza en la novela mediante un lenguaje natural, infantil a veces, bien apoyadas por las de los demás personajes, dejan expuesta a la luz del día una de las facetas más dolorosas de la naturaleza humana: apenas dejamos que se nos conozca, apenas dejamos que nuestros sentimientos traspasen la superfície. Somos un charco de medio metro cuadrado y mil kilómetros de profundidad.

No soy crítico literario y no tengo más conocimiento del arte de escribir que el que he aprendido leyendo. Pero la sencillez con que Salinger aborda la complejidad del pensamiento -y el sentimiento- del joven Holden y la manera de transformarse fielmente en él mediante el uso de la primera persona es, a mi juicio, un trabajo de maestro. Coincido con los que la sitúan como una de las 100 mejores novelas del siglo XX.


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La referencia de la edición que he leído (Alianza)
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