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¿Y si tú y yo...? Pienso mientras me miras, cuando me hablas, al notar tu tal vez . ¿Y si tú y yo...? Digo callando al sonreírte, ...
¿Y si tú y yo...?
Pienso mientras me miras,
cuando me hablas,
al notar tu tal vez.
¿Y si tú y yo...?
Digo callando al sonreírte,
al escucharte,
al tirar de tí para abrazarte.
¿Y si tú y yo...?
Pienso cuando te espero,
cuando te sueño,
al perderte de nuevo.

Foto: Leo Jauncey ¿Admites que lo hiciste? ¿Admites que olvidaste para seguir, que seguiste para alejarte, que te alejaste para olvid...
Foto: Leo Jauncey
¿Admites que lo hiciste?
¿Admites que olvidaste para seguir,
que seguiste para alejarte,
que te alejaste para olvidar?

Sabes que pudimos escapar.
Subir a los bosques,
bajar a las playas,
nadar en el mar.

Sólo necesitaba un gesto.
Esa sonrisa acogedora, encantadora,
cruel a veces.
Palpitante siempre.

Ese brillo de tus ojos.
Esa profundidad inaccesible,
antigua como el tiempo,
que nunca quisiste entregar.

Sólo necesitaba ese gesto.
Esa sonrisa. Ese brillo.
Sólo ese leve movimiento
y te hubiera entregado los bosques, las playas y el mar.

Pero lo hiciste.
Seguiste.
Te alejaste.
Para olvidar.

the golden hour - Keitha Haycock [cocteau.triplet] ( enlace ) Recuerdo despertar con el aliento de la brisa. La arena húmeda del amane...
the golden hour - Keitha Haycock [cocteau.triplet] (enlace)
Recuerdo despertar con el aliento de la brisa.
La arena húmeda del amanecer y el mar entre la hierba.
Abrir los ojos y enfocar despacio hasta captar los matices.
Azules, verdes y un blanco abrumador.

Recuerdo estar junto a ella.
Sus ojos atravesándome, lanzados al viento.
Teniéndola sin retenerla.
Huyendo y regresando, a mi lado y a millas de distancia.

Recuerdo su sonrisa. Y la mía.
Recuerdo todas las sonrisas.

Recuerdo cuánto quisimos exprimir aquellos días.
Tanto que nos adelantó el tiempo y no nos dimos cuenta.

Ocurrió este mediodía. El chaval no tendría más de diecisiete años. Le acompañaban dos chicas y caminaba por la acera con esos aires que se ...
Ocurrió este mediodía. El chaval no tendría más de diecisiete años. Le acompañaban dos chicas y caminaba por la acera con esos aires que se dan los adolescentes que sienten el mundo a sus pies. Charlaban a ráfagas y ellas parecían atender solícitas a sus argumentos. El chico estaba preocupado. Comentaba algo de un regalo para su chica. Las dos amigas trataban de aconsejarle, pero él seguía confuso: nada de lo que ellas decían parecía complacerle.

Apreté el paso tratando de adelantarles. Ya me estaba aburriendo tanta cháchara juvenil de soy un cafre con mi novia y me ahogo en un vaso de agua. Pero cuando estaba pasando a su altura, el tipo dijo algo que me dejó pensando. Contrariado, alzando la voz y con un sobreactuado desdén en el tono, explicó: "Es que ella es muy casera. Le gusta estar en casa. Hacer ese tipo de cosas. No sé, ver una peli, ir a La Oca a ver muebles o ducharnos juntos".

Lo dijo tan alto que no pude evitar oírlo mientras conseguía adelantarles. Ojalá hubiera tenido tiempo y ganas de girarme y hablar con él. Pero tenía mucha hambre. Y prisa. Así que no lo hice.

Por eso lo haré aquí y ahora.

Carlos o Juan o Raúl o como te llames, escucha. No hay un regalo digno para una chica así. Una chica de diecisiete años que quiere estar contigo en casa, abrazándote en el sofá mientras veis una película o ir a curiosear en tiendas de decoración cogiéndote de la mano, acariciándote el pelo mientras imagina como será vuestra casa dentro de unos años, no merece cualquier chuchería. Una chica que prefiere ducharse contigo a ducharse sola, que confía en ti, que te desea tanto como para hacer eso, merece un regalo que esté a su altura.

Yo puedo aconsejarte. Un buen principio sería que mantuvieras la boca cerrada y compartieras sólo con ella la intimidad que te está ofreciendo. No con el resto de tus amigos. No con cualquier tipo que te adelanta caminando por la acera. Eso le gustaría mucho, de verdad. Más que cualquier cursilería estúpida que puedas comprar por ahí.

De nada Carlos. O Juan o Raúl o como demonios te llames.

La marejada se acercaba a gran velocidad y las boyas hidrográficas marcaban máximos históricos. Un tren de olas de ocho metros con periodos ...
La marejada se acercaba a gran velocidad y las boyas hidrográficas marcaban máximos históricos. Un tren de olas de ocho metros con periodos de dieciséis segundos marchaba con orden militar hacia el sureste. La alarma en toda la costa cantábrica era general. Los servicios de emergencia se afanaban en sus preparativos y miles de curiosos se agolpaban en las escolleras y los acantilados para ver el espectáculo. En la televisión se sucedían los avisos y se repetían las imágenes de archivo de las anteriores marejadas en un bucle sin fin.

Mientras todo eso ocurría, Ander estaba sentado frente a un tazón de leche fría. En un camastro junto a él se retorcía desesperada Edurne, casi sin fuerzas, con una herida de bala en el estómago. Estaban en un piso de la parte vieja de Bilbao. Ander miró a Edurne y le acarició el cabello mojado mientras ella entrecerraba los ojos. Pensó que ya no era tan hermosa como antes. Ahora estaba herida, sudorosa y febril. Esta vez el escolta del concejal reaccionó rápido. Hubo un tiroteo. Murió el escolta, cayó herida Edurne y el político se salvó por los pelos. Qué inutilidad, pensó Ander. Qué hedor insoportable a sangre seca y sudor.

Eran casi las cuatro de la madrugada y la ciudad parecía un escenario vacío. Acababa de dejar a Jota en el portal de su casa y como no me in...
Eran casi las cuatro de la madrugada y la ciudad parecía un escenario vacío. Acababa de dejar a Jota en el portal de su casa y como no me invitó a subir, me fui celoso y contrariado. Seguí por el retrovisor el baile de sus rizos castaños mientras subía los tres escalones y la maldije en silencio. ¿Cuántas cenas más necesitaba para entregarse por fin? Yo sabía que le gustaba y ella a mí me volvía loco. No era muy inteligente, es verdad, pero tenía otras virtudes. Era divertida. Y guapísima. Pero ya me estaba cansando. Con las mujeres indecisas me ocurre algo parecido a cuando se te pasa la hora de la cena y dejas de tener hambre. Con ella estaba a punto de pasar por encima de esa línea roja.

-Y de aquello, ¿tú que recuerdas? Ella lanzó la pregunta casi sin querer, antes de llevarse el vaso a los labios para beber un largo sorbo...
-Y de aquello, ¿tú que recuerdas?

Ella lanzó la pregunta casi sin querer, antes de llevarse el vaso a los labios para beber un largo sorbo. Él bajó la vista y se quedó mirando el cerco de agua que la condensación había dibujado sobre la mesa de cristal. Parecía reflexionar la respuesta.

¿Qué recuerdo?, pensó. Recuerdo tu rostro recortado contra el cielo azul más limpio que he visto en mi vida. Recuerdo el brillo iridiscente de tus ojos. Recuerdo las lunas de agosto que contemplamos sobre el puerto, mientras volvíamos a casa después de exprimir la noche. Recuerdo la calidez de tu piel, el tacto de aquellas manos que se buscaban a tientas, tu aliento febril cuando apenas conseguíamos llegar al dormitorio. Tu dulzura casi adolescente. Tu risa. Recuerdo la tarde de septiembre cayendo sobre el andén. Recuerdo la desorientación de la despedida. Recuerdo todo lo que quise decirte y no te dije. Las cartas que escribí y nunca mandé.

-En realidad- dijo mientras borraba el cerco de agua con el dorso de la mano - no recuerdo demasiado. Ha pasado mucho tiempo.

-Sí, mucho tiempo- respondió ella volviendo a dejar el vaso sobre la mesa.

Un silencio incómodo condensó la atmósfera a su alrededor. El aire se hizo impenetrable de repente. Pasaron unos segundos que a él le parecieron años, hasta que se acercó a la mesa un hombre vestido con traje oscuro.

-¿Vienes, cariño?- dijo mientras pasaba su mano por la espalda desnuda de ella.

En ese momento él volvió a ser consciente de todo lo que les rodeaba. Las risas, las conversaciones, la música demasiado alta. Miró a través de las enormes cristaleras que daban al jardín y observó a los invitados que disfrutaban de la fiesta junto a la piscina.

Ella cogió su vaso y se levantó despacio, envuelta en el vapor de su vestido. Se alejó de la mano de su marido y cruzó las puertas que daban al jardín. Él se quedó ensimismado mirando fijamente la mesa y, con un gesto inconsciente, borró de nuevo el cerco que el vaso había dejado sobre el cristal.

Bajó al sótano con pasos cansados. A sus 57 años los esfuerzos eran cada vez más penosos. Empujó la puerta que se abrió lentamente. Las bi...
Bajó al sótano con pasos cansados. A sus 57 años los esfuerzos eran cada vez más penosos. Empujó la puerta que se abrió lentamente. Las bisagras se quejaron como despertando de un largo sueño. A su alrededor las telarañas y el polvo registraban impasibles el paso del tiempo. Echó un vistazo en la oscuridad y distinguió la silueta de los muebles, los trastos viejos y los libros amontonados.

Una bombilla desnuda que pendía del techo se agitó en la corriente de aire. Buscó el interruptor a tientas y cuando lo encontró, la luz parpadeó indecisa hasta llenar la estancia de un resplandor amarillento.

En la pared del fondo, entre desconchones de pintura, estaba colgado su viejo neopreno. A un lado, apoyada entre una vieja cómoda y un montón de periódicos de tiempos mejores, estaba su tabla. La miró un instante y apartó la vista. Pero no pudo evitar que el recuerdo de una ola asaltara su memoria. Sonrió con la sonrisa más triste del mundo. Recordó esa ola, la que fue la última sin que él pudiera saberlo.

Aquella tarde de septiembre, cuando volvió a casa con el pelo aún mojado y se encontró a Lucía en el portal con lágrimas en los ojos, aún no sabía que las olas no romperían nunca más. El hijo era suyo. La responsabilidad también. Eran otros tiempos. Un hombre debía actuar como tal. Trabajar y sacar adelante a la familia.

Ahora había pasado mucho tiempo y los recuerdos se habían vuelto viejos conocidos a los que no le gustaba encontrarse. La lucha diaria formando parte de un sistema gris había dejado de tener sentido. Hacía años que sencillamente se dejaba llevar. Sin discutir, sin buscar, sin ver. Solía pensar que en realidad llevaba años muerto.

Murió una tarde de septiembre con el pelo mojado y el alma en los pies.

**Escribí este cuento para el blog SurfStories (ya no está online) y para la web Mallorcasurf.com y ha sido corregido para esta entrada. El original se tituló "Mal Final".

El sol matutino no mitigaba el hastío que se respiraba en el interior del bus de línea. Caras largas y bostezos mal disimulados eran el pais...
El sol matutino no mitigaba el hastío que se respiraba en el interior del bus de línea. Caras largas y bostezos mal disimulados eran el paisaje desolador de las 7:30 de la mañana.

Observaba a sus compañeros de ruta, viejos (des)conocidos casi todos: el rocker flacucho con gafas de Elvis, la señora rancia, el barbudo serio, los hermanos con uniforme del colegio católico, la discreta morena del libro, la chica argentina espectacular, el chico de los auriculares... Pensaba que todos ellos, al igual que él, estaban mirando al resto. Eran conjuntos disjuntos con una única intersección en el bus de las 7:30. Más allá de esa conexión todos tenían una vida que permanecía desconocida para los demás. Con sus aspiraciones y sus deseos. Todos se habían enamorado y todos habían sentido alguna pérdida. Habían vivido peligros, habían peleado y gritado. Habían sentido euforia y pena. Habían engañado. Habían deseado lo que no podían alcanzar y habían despreciado a quién les deseaba. Habían sido crueles y espléndidos. Magníficos todos en su singularidad.

Estaban sentados en una mesa del fondo, junto a una ventana. La luz dibujaba un par de haces rectos sobre la mesa de vieja madera oscura y d...
Estaban sentados en una mesa del fondo, junto a una ventana. La luz dibujaba un par de haces rectos sobre la mesa de vieja madera oscura y diminutas motas de polvo brillaban ingrávidas entre ellos. Pasaban los treinta por poco, pero se miraban con intensidad juvenil, atentos el uno al otro.

Creo que la conversación duró menos de lo que él esperaba. Aún así parecía sentirse feliz por charlar con ella, aunque fuera un ratito. Se despidieron besándose las mejillas. Ella se levantó y le dejó sentado a la mesa, envuelto aún en la dulzura intangible del beso. Él trató de respirar profundamente para captar de nuevo su perfume y la siguió con la mirada mientras se alejaba. Mantuvo los ojos clavados en su nuca, magnífica bajo el pelo recogido, hasta que ella salió por la puerta y desapareció. Siguió mirando el espacio vacío durante un rato con la mente secuestrada por mil pensamientos.

Yo le observaba desde la posición privilegiada de la mesa contigua, testigo mudo de la chispa invisible que acababa de iluminar la estancia. Está perdido, pensé. Aunque quiera, aunque se esfuerce, ya nunca verá nada excepto esa nuca suave, esa sonrisa dulce y esos ojos brillantes.

Y entonces, como en el Café de Artistas, un ángel de silencio voló entre las mesas para posarse tranquilamente entre nosotros.