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Amanece. Estoy descalzo y hace frío, así que me pongo la capucha y hundo las manos en los bolsillos. Está nublado y el viento que ha movid...
Amanece. Estoy descalzo y hace frío, así que me pongo la capucha y hundo las manos en los bolsillos. Está nublado y el viento que ha movido la tienda durante la noche ha parado por completo. Tengo la espalda dolorida por haber dormido en el suelo, pero me siento bien. Realmente afortunado.

Respiro hondo y el aire, frío y con olor a mar, termina por despertarme del todo. Mis compañeros de viaje se agitan en la tienda. También se están despertando. Cojo una manzana del coche y me dirijo a la pasarela de madera que sube la duna. Al otro lado está el océano Atlántico. Mientras asciendo sintiendo la humedad en los pies desnudos, el sol clarea las nubes por el este y una luz grisácea y sobrenatural inunda la escena.

Bum.

Un ruido familiar me hace acelerar el paso. La hierba que corona las dunas está inmóvil. El viento está en calma. Una imagen de lo que estoy a punto de ver se va formando en mi mente y una sonrisa me amanece en el rostro.

Bum. Otra vez.

Llego a la cima de la duna y la visión me hace parar de golpe. Una ola rueda perfecta sobre el banco de arena, lisa como el metal. La sonrisa crece. No lo puedo evitar. Casi río a carcajadas. Siento una profunda emoción. Le doy un mordisco a la manzana y me sabe a manjar divino. Siento la textura en la boca, el jugo dulce. Otra ola rueda perfecta delante de mis ojos.

Doy media vuelta y bajo la duna corriendo. Abajo ya están esperando noticias.

-Com està?
-És el que hem vengut a cercar!

A partir de ahí todo se acelera. Comemos, bebemos, nos preparamos. Las tablas salen de sus fundas y aguardan en desorden sobre la arena. Hay una precipitación infantil en nosotros, como si todo fuera a terminar en un minuto. Subimos de nuevo la duna con el neopreno puesto. Una mezcla de concentración, compromiso y risas nos acompaña. Desde arriba contemplamos de nuevo el espectáculo.

La Gravière nos espera con los brazos abiertos.

Mérope es la más pequeña de las Pléyades, las siete hijas de Atlas y Pléyone en la mitología griega. Su paso por el firmamento, perseguid...

Mérope es la más pequeña de las Pléyades, las siete hijas de Atlas y Pléyone en la mitología griega. Su paso por el firmamento, perseguidas eternamente por la constelación de Orión, marca el inicio y el fin del verano. Debido a eso en la Antigüedad fueron muy veneradas. Pero de las siete estrellas, Mérope es la que permanece siempre oculta, con un brillo más tenue, pues según cuenta la tradición fue la única de las Pléyades que se casó con un mortal.

Así se llamaba mi barco en honor a la más especial de las siete hermanas. Nos separamos ayer, cuando la adoptó otro marino, y me costó mucho desembarcar por última vez. Pensar que ya no era mía. O yo ya no era suyo, tantas veces como tuvo mi destino sobre su quilla, en sus cabos, en sus mamparos y en sus velas. Me costó dejarla en otras manos, libre de nuevo, con sus viejas manías y su apacible temperamento

Cuando salté al pantalán y me alejé de allí recordé amaneceres, sentí el viento, las olas discurriendo contra el casco, esas últimas luces del día coloreando de calidez el mar, ese mar Mediterráneo antiguo e imprevisible. Y me sentí un poco más viejo, marino sin barco, añorando en cada paso el suave balanceo de cubierta, ese que aún siento a veces al cerrar los ojos, ese que me esforcé en sentir de nuevo para decirle adiós.

La noche era cálida y algo pegajosa en aquel rincón perdido en medio del campo. El cielo estaba estrellado, pero el brillo de las estrellas ...
La noche era cálida y algo pegajosa en aquel rincón perdido en medio del campo. El cielo estaba estrellado, pero el brillo de las estrellas nos llegaba tamizado por la densidad del aire veraniego. Los grillos cantaban en el jardín y, en la mesa puesta bajo el porche, las conversaciones y las risas deambulaban despreocupadas entre la decena de personas que compartíamos la cena.

Yo estaba disfrutando de la comida y de la compañía, pero estaba intranquilo. Después del postre empezaría lo que realmente nos había traído hasta allí y era algo en lo que, esta vez, yo estaba involucrado de lleno.

Éramos compañeros de trabajo. Teníamos claro que llevarse bien era importante y, además, a todos nos generaba curiosidad conocernos unos a otros en un ambiente distinto. Por ese motivo salíamos a cenar a veces o, como en aquella ocasión, organizábamos cineforums en casa de alguien. Nada demasiado especial, claro. Sólo que aquella vez la película la había elegido yo y no quería defraudar a nadie.

Sirvieron el postre. Al terminar, saqué la película y se la entregué al tipo que estaba instalando el proyector. La pantalla era una sábana vieja tensada contra una de las paredes de piedra de la casa. El escenario era inmejorable: los estómagos llenos, una tranquila noche veraniega con luna creciente y una casa de campo aislada, envuelta de fragante naturaleza.

-Tened en cuenta que es una película clásica, de los años 60. Y aunque trata de lo que ya sabéis, intentad ir un poco más allá y ver el trasfondo de la historia: la amistad a lo largo de la vida, los distanciamientos y los reencuentros...

Alguien me interrumpió. Reímos. Todos se pusieron cómodos y comenzó la película. En las siguientes dos horas nadie abrió la boca, pero yo traté de registrar todas las reacciones.

Enseguida noté que nadie se había puesto en situación. La estética de la película provocó más risas que otra cosa. El doblaje era nefasto y algunas expresiones sonaban ridículas. Todo lo que para mí formaba parte del encanto de la película fue motivo de sonrisas condescendientes. Incluso alguien se durmió.

Sin embargo, me esforcé en disfrutar de aquello. Ver la película proyectada de manera casera, con las arrugas de la sábana y el marco de piedra viva de la casa, con todos los sonidos de la noche campestre de fondo, me parecía algo mágico. El contraste de los azules del océano Pacífico, ese verano resplandeciente en los ojos de los protagonistas y la fábula que subyacía en el argumento completaban una experiencia de la que disfruté muchísimo.

Pero sospecho que fui el único.

Nos despedimos de madrugada entre bostezos. Yo me fui un poco decepcionado, pero en el camino de vuelta reflexioné sobre aquello. Pensé que les había hecho un regalo involuntario: un puerta abierta a un mundo que tenía mucho más sentido que todo aquello. Mucho más valor que el maldito empleo, nuestras profesiones o aquellos puñeteros cineforums. Les había mostrado la grandeza del surf, la prevalencia de un estilo de vida sobre las miserias humanas, sobre las guerras, los desencuentros y la muerte.

Pero ellos sólo fueron capaces de reírse con el peinado de Jack Barlow, la sobreactuación de Leroy el Masoquista y el mostacho sesentero de Gerry Lopez.

Acabo de cruzarme con la tristeza. No con una sensación, sino con un ser corpóreo. Real. La tristeza vestida de mujer, de carne y hueso. L...
Acabo de cruzarme con la tristeza. No con una sensación, sino con un ser corpóreo. Real. La tristeza vestida de mujer, de carne y hueso.

La mañana es gélida y el sol aún está por salir. El aire es frío y pesado. Penetrante. Avanzo por la gran avenida con paso decidido. El paso rápido de la ciudad que no se detiene. Cruzo miradas fugaces con algunos transeúntes hasta que me fijo en ella. Es una chica joven que viene caminando de frente. Arrastra una maleta y, mientras se acerca, noto que algo no está bien.

Camina despacio. Es algo imperceptible, pero su ritmo no se ajusta al del resto de peatones. Las ruedecitas de la maleta suenan contra la acera y parece que pesara un mundo. Ya está a unos pocos pasos y la miro con curiosidad. Unos rizos castaños recogidos, la piel pálida y unas pequeñas gafas de metal. Tras ellas, un par de ojos anegados en un mar de lágrimas. Cuando nos cruzamos, sus sollozos resuenan en la pequeña atmósfera que nos rodea.

Se va. Se aleja de mi lado y del lado de alguien más. De alguien importante, supongo. Imagino que en la maleta pesa más lo que deja atrás que lo que lleva consigo. Quizá se va por un tiempo. Quizá para siempre. Pero está claro que no quiere irse, que quiere seguir aquí, a su lado. Pienso que, sea cuál sea la historia, mi deber es correr tras ella y decirle que todo irá bien. Que en el mundo, pase lo que pase, mañana siempre es otro día.

Pero no lo hago. La ciudad no se detiene y yo tampoco. Sigo caminando y pienso que en esa maleta van también los abrazos que no recibió y las palabras de consuelo que no le supieron dar. Mis pasos ya no son tan decididos. Ahora mi ritmo tampoco se acompasa con el del resto.

Ojalá tenga suerte, pienso. De hecho, lo deseo con todas mis fuerzas.

Fue un hecho sin importancia, pero suelo recordar este tipo de cosas. Sucedió hace años, cuando yo acababa de doblar los treinta. Solía volv...
Fue un hecho sin importancia, pero suelo recordar este tipo de cosas. Sucedió hace años, cuando yo acababa de doblar los treinta. Solía volver del trabajo por una calle que está cerca de un instituto de secundaria. A la hora que yo pasaba por allí, más o menos las tres y cuarto, solía coincidir con grupos de chavales que acababan de salir de clase.

La mayoría de ellos eran ruidosos, asilvestrados y hablaban a gritos queriendo llamar la atención. Pero siempre había excepciones. Una chica que leía un libro en la parada del bus, un par de chicos que discutían con moderación y sólidos argumentos sobre el partido del día anterior e incluso un día vi a uno salir con un par de periódicos bajo el brazo. Gente rara, supongo.

A mí me encantaba ver que pese a la televisión, pese a la ESO y a todos los prejuicios de los que ya habíamos dejado atrás la infancia, había chicos de todo tipo. Y todos reivindicaban su sitio, su manera de ser y su trozo de futuro. El que nosotros estábamos ocupando.

En ésas estaba cuando sucedió. El semáforo de peatones acababa de ponerse en rojo y me detuve ante el aturullado fluir del tráfico. A mi lado se pararon dos chavales, mochila al hombro. Uno venía burlándose del otro que permanecía impasible y con la vista clavada en el semáforo del otro lado de la calle.

-¡Crucemos ya!- dijo el primero.
-¿No ves que está en rojo?- contestó el otro.

Pese a la evidencia, el primero decidió cruzar y tuvo que sortear dos coches y una sonoro claxon antes de llegar al otro lado, con aire triunfal.

-¡Cruza ya pringao!- gritó desde el otro lado.

Mi compañero de semáforo siguió impasible, aunque con cierto aire de fastidio por estar llamando la atención por culpa de su amigo.

-¡Lo que te pasa es que no tienes huevos!- gritó de nuevo desde la orilla opuesta, ahora rematando la jugada con una burlona carcajada.

Miré de soslayo a mi estoico compañero y me pareció ver una media sonrisa asomando en su rostro, la misma que luce el jugador de ajedrez cuando contempla el movimiento en falso de su oponente que le pone el jaque mate en bandeja de plata.

-Lo que no tengo es prisa, idiota- sentenció.

Confieso que exageré la sonrisa que me provocó la réplica. Lo hice sólo con el objetivo de que el perdedor de la otra orilla se avergonzase aún más. Que descubriera que no sólo su amigo había disfrutado con aquello. El semáforo se puso en verde y ambos cruzamos despacio y con paso seguro, albergando la secreta satisfacción de la victoria.

Foto: Leo Jauncey ¿Admites que lo hiciste? ¿Admites que olvidaste para seguir, que seguiste para alejarte, que te alejaste para olvid...
Foto: Leo Jauncey
¿Admites que lo hiciste?
¿Admites que olvidaste para seguir,
que seguiste para alejarte,
que te alejaste para olvidar?

Sabes que pudimos escapar.
Subir a los bosques,
bajar a las playas,
nadar en el mar.

Sólo necesitaba un gesto.
Esa sonrisa acogedora, encantadora,
cruel a veces.
Palpitante siempre.

Ese brillo de tus ojos.
Esa profundidad inaccesible,
antigua como el tiempo,
que nunca quisiste entregar.

Sólo necesitaba ese gesto.
Esa sonrisa. Ese brillo.
Sólo ese leve movimiento
y te hubiera entregado los bosques, las playas y el mar.

Pero lo hiciste.
Seguiste.
Te alejaste.
Para olvidar.

the golden hour - Keitha Haycock [cocteau.triplet] ( enlace ) Recuerdo despertar con el aliento de la brisa. La arena húmeda del amane...
the golden hour - Keitha Haycock [cocteau.triplet] (enlace)
Recuerdo despertar con el aliento de la brisa.
La arena húmeda del amanecer y el mar entre la hierba.
Abrir los ojos y enfocar despacio hasta captar los matices.
Azules, verdes y un blanco abrumador.

Recuerdo estar junto a ella.
Sus ojos atravesándome, lanzados al viento.
Teniéndola sin retenerla.
Huyendo y regresando, a mi lado y a millas de distancia.

Recuerdo su sonrisa. Y la mía.
Recuerdo todas las sonrisas.

Recuerdo cuánto quisimos exprimir aquellos días.
Tanto que nos adelantó el tiempo y no nos dimos cuenta.

Ocurrió este mediodía. El chaval no tendría más de diecisiete años. Le acompañaban dos chicas y caminaba por la acera con esos aires que se ...
Ocurrió este mediodía. El chaval no tendría más de diecisiete años. Le acompañaban dos chicas y caminaba por la acera con esos aires que se dan los adolescentes que sienten el mundo a sus pies. Charlaban a ráfagas y ellas parecían atender solícitas a sus argumentos. El chico estaba preocupado. Comentaba algo de un regalo para su chica. Las dos amigas trataban de aconsejarle, pero él seguía confuso: nada de lo que ellas decían parecía complacerle.

Apreté el paso tratando de adelantarles. Ya me estaba aburriendo tanta cháchara juvenil de soy un cafre con mi novia y me ahogo en un vaso de agua. Pero cuando estaba pasando a su altura, el tipo dijo algo que me dejó pensando. Contrariado, alzando la voz y con un sobreactuado desdén en el tono, explicó: "Es que ella es muy casera. Le gusta estar en casa. Hacer ese tipo de cosas. No sé, ver una peli, ir a La Oca a ver muebles o ducharnos juntos".

Lo dijo tan alto que no pude evitar oírlo mientras conseguía adelantarles. Ojalá hubiera tenido tiempo y ganas de girarme y hablar con él. Pero tenía mucha hambre. Y prisa. Así que no lo hice.

Por eso lo haré aquí y ahora.

Carlos o Juan o Raúl o como te llames, escucha. No hay un regalo digno para una chica así. Una chica de diecisiete años que quiere estar contigo en casa, abrazándote en el sofá mientras veis una película o ir a curiosear en tiendas de decoración cogiéndote de la mano, acariciándote el pelo mientras imagina como será vuestra casa dentro de unos años, no merece cualquier chuchería. Una chica que prefiere ducharse contigo a ducharse sola, que confía en ti, que te desea tanto como para hacer eso, merece un regalo que esté a su altura.

Yo puedo aconsejarte. Un buen principio sería que mantuvieras la boca cerrada y compartieras sólo con ella la intimidad que te está ofreciendo. No con el resto de tus amigos. No con cualquier tipo que te adelanta caminando por la acera. Eso le gustaría mucho, de verdad. Más que cualquier cursilería estúpida que puedas comprar por ahí.

De nada Carlos. O Juan o Raúl o como demonios te llames.

El verano termina. La luz pierde calidez. La noche te pilla por sorpresa. Sólo quedan recuerdos del verano. De uno cualquiera...
El verano termina. La luz pierde calidez. La noche te pilla por sorpresa. Sólo quedan recuerdos del verano. De uno cualquiera...