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"Me sentí seducido por algo parecido a la admiración y la envidia. La aventura lo estimulaba, emanaba un aire de aventura. Con toda se...
"Me sentí seducido por algo parecido a la admiración y la envidia. La aventura lo estimulaba, emanaba un aire de aventura. Con toda seguridad no deseaba otra cosa que la selva y el espacio para respirar y transitar. Necesitaba existir, y moverse hacia delante, hacia los mayores riesgos posibles y con los más mínimos elementos. Si el espíritu absolutamente puro, sin cálculo, ideal de la aventura, había tomado alguna vez posesión de un ser humano, era de aquél joven remendado".
Joseph Conrad - "El corazón de las tinieblas"
Conrad lo dice mejor que nadie lo dijo nunca, en boca del viejo capitán Marlow: la admiración por aquéllos que saben vivir de acuerdo a sus principios, siguiendo el impulso de la aventura, con la angustia de no darse jamás por satisfechos ni conformes y el inquebrantable compromiso de seguir apuntando la proa a los sueños que están por cumplir.

Yo, como el personaje de Conrad, también siento admiración y envidia hacia ese tipo de personas. Las que aceptan por toda compañía la luz crepuscular de la jungla indonesia, el temporal duro de los cuarenta rugientes, la solitaria desnudez de la estepa centroasiática o la probable muerte en las cumbres heladas del Himalaya. Las que, en definitiva, viven y sienten en primera persona las aventuras que los demás sólo encontramos en los libros.

Por eso doy gracias a Conrad, London, Verne, Stevenson y tantos otros. Por transmitir con tanta lucidez la pulsión del aventurero. La que le permite vivir para siempre en el filo. Su angustia estructural.

Les doy gracias por mantener viva esa angustia en mí y no permitir que se aplaque jamás.