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Llegué a la playa después de mal comer un bocadillo y apretar el acelerador por carreteras secundarias. Quedaban pocas horas de luz y no h...
Llegué a la playa después de mal comer un bocadillo y apretar el acelerador por carreteras secundarias. Quedaban pocas horas de luz y no había tiempo que perder. El viento soplaba de la peor dirección posible y, aunque no era fuerte, destrozaba el mar de fondo. Algunas olas se alzaban prometedoras, pero terminaban rodando sin orden en un caos de espuma gris.

Salí del coche y el frío me cogió por sorpresa. Habíamos tenido un principio de otoño casi veraniego y el cambio fue brusco, a traición. Me puse la capucha y hundí las manos en los bolsillos mientras caminaba hasta un saliente de roca situado frente al pico. Nadie en el agua. Frío. El sol a punto de ocultarse tras las montañas. Dudas.

Paseé un rato por los alrededores, comprobando un par de olas cercanas. Misma situación. Mismas dudas. Miré el reloj. Era tarde. Siempre es tarde en otoño. Volví al coche y miré por última vez una ola babosa rompiendo contra el saliente de roca. Arranqué y me largué de allí llevado por mil demonios.


Y ahora, mientras escribo esto siento en el estómago una punzada de arrepentimiento por no haber entrado. Pienso en la complejidad de la vida. En las infinitas cavilaciones ante una decisión. ¿Será la mujer de mi vida?, ¿debo viajar o quedarme?, ¿me apetece tener hijos o no?...

Pues nada de eso se puede siquiera comparar a devanarse los sesos mirando una ola con mal viento.

Nada.

-¿Y ahora qué? -Pues ahora saldrás ahí, hablarás con él y le dirás lo que sientes. La seguridad al responder la dejó admirada como de c...
-¿Y ahora qué?
-Pues ahora saldrás ahí, hablarás con él y le dirás lo que sientes.

La seguridad al responder la dejó admirada como de costumbre. Estaban en el baño mirándose al espejo y oyendo la música de la fiesta amortiguada tras las paredes.

-¿Estás loca? Imposible. No me atrevo.
-Nada es imposible. Si yo me atrevo, tú te atreves.
-¿Es que no entiendes que si nos descubre todo puede salir mal?
-Claro que lo entiendo. Y sí querida, puede salir mal. Pero para eso estoy yo aquí.

Rieron y, con mucho cuidado, se colocaron en la coleta un par de mechones sueltos.

-¿De verdad he de hacerlo?
-Yo estaré ahí para apoyarte. Pero en la distancia. Es mejor que no me vea.
-Bueno, pues allá voy. ¡Deséame suerte!
-No te hace falta; me tienes a mí.

Salieron juntas del baño. Ella y su reflejo.

-¿Y cómo fue? -Pues imagina. Allí estábamos de pie en medio del bar. Nos habíamos separado del grupo e intentábamos mantener una convers...
-¿Y cómo fue?

-Pues imagina. Allí estábamos de pie en medio del bar. Nos habíamos separado del grupo e intentábamos mantener una conversación por encima de la música. Yo seguía embobado con ella y pensé en ir un poco más allá.

Se tomó su tiempo para dar un trago a la cerveza que compartían y acentuar el dramatismo de la pausa.

-Hice lo que cualquier tío en mi situación hubiera hecho: extender el plumaje de pavo real. Ya sabes, dar mi mejor versión. Tratar de dirigir la charla, hacerla interesante y divertida. Intercalar sonrisas, miradas más largas y fijas de lo normal. Toda una conversación sin palabras que apoyara mi discurso. Ponerme un lazo y colocarme en el expositor, en definitiva.

Su amigo rió con ganas, imaginando la patética representación.

-¿Y ella que hacía?

-Pues mirarme. Con esos ojos verdes abiertos de par en par, con una mezcla de incredulidad y fastidio. A mí me parecía ver todas sus expectativas cayendo una tras otra como fichas de dominó mientras escuchaba cada estupidez que se me ocurría.

-Y te dio puerta, ¿no?

-No. Eso fue lo sorprendente. Yo estaba ahí esforzándome en parecer más de lo que soy, obsesionado por gustarle, y ella simplemente se puso de puntillas y me calló besándome en lo labios. ¿Entiendes? Ésa fue su aportación al asunto: ser espontánea, fiel a sí misma. Auténtica. En un segundo habló más alto y más claro de lo que yo fui capaz en diez minutos.

-¿Un beso?- rió entre dientes su interlocutor -¿Y eso fue todo?

El otro cogió de nuevo la cerveza y dio un largo trago, asintiendo.

-Tú lo has dicho: fue todo. Y lo fue porque después, escucha bien lo que te digo, no existió en el mundo ninguna otra cosa.

La gente ya se despedía cuando descubrió el sobre en el bolsillo de la chaqueta. Había sido un funeral sencillo y triste, con la lluvia ...
La gente ya se despedía cuando descubrió el sobre en el bolsillo de la chaqueta.

Había sido un funeral sencillo y triste, con la lluvia persistente mojando los tejados y decolorando la tarde. Ella estuvo en la primera fila, muy quieta. Sólo se giró a mirarle una vez y, cuando sus ojos se encontraron, a él le sobrecogió la serenidad con que contenía la tristeza y lo sola que parecía allí de pie, expuesta a todas las tormentas. No pudo dejar de mirarla, con los ojos anclados a su espalda, mientras sentimientos encontrados luchaban en su interior.

Palpó de nuevo el bolsillo y sacó el sobre pensando en descubrir una factura olvidada. Su corazón dio un vuelco al reconocer la letra. Abrió la carta y leyó con avidez.

"Hola.

Sólo un par de cosas: nunca le regales perfume. Su piel huele a verano y sería un crimen estropear eso. Los besos, si son con caricia, valen doble. Usa siempre la imaginación, pero deja que ella te guíe. Bailad. Sobretodo por las mañanas.

Ah, y si algún día la ves triste llévatela al mar."

Alzó la mirada mientras doblaba cuidadosamente el papel y se encontró con los ojos de ella que le interrogaban en la distancia. Entonces pensó en un mar tranquilo. En un mar al que llevarla.

A veces son las anécdotas más absurdas las que me roban una sonrisa al recordar alguno de los viajes de surf que llevo a las espaldas. Ant...
A veces son las anécdotas más absurdas las que me roban una sonrisa al recordar alguno de los viajes de surf que llevo a las espaldas. Anteayer, cuando entraba en el mar helado de marzo en una tarde sorprendentemente calurosa, recordé un momento mágico que viví hace unos años en el Algarve.

Lo recuerdo como si hubiera pasado ayer...

El sol estaba a punto de alcanzar su cenit. La arena de la playa brillaba impoluta y cegadora. Las olas eran buenas en ese recóndito lugar del Sur portugués. Sólo un detalle rompía la magia: el agua estaba helada. Pese al verano reinante, una corriente del norte mantenía el mar a unos 12 grados mientras fuera un sol abrasador calentaba la tierra hasta los 30.

Los surfistas estábamos en el pico esperando la serie. Gruesas capas de neopreno cubrían nuestro cuerpo y, ante el envite de cada serie, una silenciosa competencia por cada ola nos disparaba los niveles de adrenalina. La concentración era máxima. Todos pretendíamos ser tipos duros, con barba de varios días y cara de pocos amigos. La tensión se podía cortar a cuchillo.

De repente, unas risas iluminaron el respetuoso silencio. Un chapoteo grácil y unas voces suaves las acompañaban. Miré de reojo hacia la playa. Dos chicas estaban entrando al mar con sus tablas. El surfista a mi lado también se giró a mirarlas. Algo no encajaba. Me crucé con su mirada y ambos enarcamos las cejas con una bobalicona sonrisa. Poco a poco, todos sin excepción en el line up se giraron a mirarlas. La tensión se rebajó de golpe y sonaron algunos carraspeos y risas ahogadas.

Ellas, preciosas, perfectas, remaban hacia el line up bajo la presión de nuestras miradas. Llegaron por fin al pico y se sentaron sobre sus tablas. Lo sorprendente es que sólo llevaban un diminuto bikini y reían sin parar.

Recuerdo el neopreno reluciente sobre mis brazos. Mirar a todo el pelotón de hombretones desarmados y sonreír para mis adentros. Recuerdo mirarlas a ellas, estudiando sus espaldas bronceadas como si anduviera por un museo y hubiese descubierto un ángulo nuevo en una obra maestra.

Quizá el agua no está tan fría, le dije al portugués que flotaba a mi lado. Provavelmente não, contestó con una sonrisa.

Mérope es la más pequeña de las Pléyades, las siete hijas de Atlas y Pléyone en la mitología griega. Su paso por el firmamento, perseguid...

Mérope es la más pequeña de las Pléyades, las siete hijas de Atlas y Pléyone en la mitología griega. Su paso por el firmamento, perseguidas eternamente por la constelación de Orión, marca el inicio y el fin del verano. Debido a eso en la Antigüedad fueron muy veneradas. Pero de las siete estrellas, Mérope es la que permanece siempre oculta, con un brillo más tenue, pues según cuenta la tradición fue la única de las Pléyades que se casó con un mortal.

Así se llamaba mi barco en honor a la más especial de las siete hermanas. Nos separamos ayer, cuando la adoptó otro marino, y me costó mucho desembarcar por última vez. Pensar que ya no era mía. O yo ya no era suyo, tantas veces como tuvo mi destino sobre su quilla, en sus cabos, en sus mamparos y en sus velas. Me costó dejarla en otras manos, libre de nuevo, con sus viejas manías y su apacible temperamento

Cuando salté al pantalán y me alejé de allí recordé amaneceres, sentí el viento, las olas discurriendo contra el casco, esas últimas luces del día coloreando de calidez el mar, ese mar Mediterráneo antiguo e imprevisible. Y me sentí un poco más viejo, marino sin barco, añorando en cada paso el suave balanceo de cubierta, ese que aún siento a veces al cerrar los ojos, ese que me esforcé en sentir de nuevo para decirle adiós.

La noche era cálida y algo pegajosa en aquel rincón perdido en medio del campo. El cielo estaba estrellado, pero el brillo de las estrellas ...
La noche era cálida y algo pegajosa en aquel rincón perdido en medio del campo. El cielo estaba estrellado, pero el brillo de las estrellas nos llegaba tamizado por la densidad del aire veraniego. Los grillos cantaban en el jardín y, en la mesa puesta bajo el porche, las conversaciones y las risas deambulaban despreocupadas entre la decena de personas que compartíamos la cena.

Yo estaba disfrutando de la comida y de la compañía, pero estaba intranquilo. Después del postre empezaría lo que realmente nos había traído hasta allí y era algo en lo que, esta vez, yo estaba involucrado de lleno.

Éramos compañeros de trabajo. Teníamos claro que llevarse bien era importante y, además, a todos nos generaba curiosidad conocernos unos a otros en un ambiente distinto. Por ese motivo salíamos a cenar a veces o, como en aquella ocasión, organizábamos cineforums en casa de alguien. Nada demasiado especial, claro. Sólo que aquella vez la película la había elegido yo y no quería defraudar a nadie.

Sirvieron el postre. Al terminar, saqué la película y se la entregué al tipo que estaba instalando el proyector. La pantalla era una sábana vieja tensada contra una de las paredes de piedra de la casa. El escenario era inmejorable: los estómagos llenos, una tranquila noche veraniega con luna creciente y una casa de campo aislada, envuelta de fragante naturaleza.

-Tened en cuenta que es una película clásica, de los años 60. Y aunque trata de lo que ya sabéis, intentad ir un poco más allá y ver el trasfondo de la historia: la amistad a lo largo de la vida, los distanciamientos y los reencuentros...

Alguien me interrumpió. Reímos. Todos se pusieron cómodos y comenzó la película. En las siguientes dos horas nadie abrió la boca, pero yo traté de registrar todas las reacciones.

Enseguida noté que nadie se había puesto en situación. La estética de la película provocó más risas que otra cosa. El doblaje era nefasto y algunas expresiones sonaban ridículas. Todo lo que para mí formaba parte del encanto de la película fue motivo de sonrisas condescendientes. Incluso alguien se durmió.

Sin embargo, me esforcé en disfrutar de aquello. Ver la película proyectada de manera casera, con las arrugas de la sábana y el marco de piedra viva de la casa, con todos los sonidos de la noche campestre de fondo, me parecía algo mágico. El contraste de los azules del océano Pacífico, ese verano resplandeciente en los ojos de los protagonistas y la fábula que subyacía en el argumento completaban una experiencia de la que disfruté muchísimo.

Pero sospecho que fui el único.

Nos despedimos de madrugada entre bostezos. Yo me fui un poco decepcionado, pero en el camino de vuelta reflexioné sobre aquello. Pensé que les había hecho un regalo involuntario: un puerta abierta a un mundo que tenía mucho más sentido que todo aquello. Mucho más valor que el maldito empleo, nuestras profesiones o aquellos puñeteros cineforums. Les había mostrado la grandeza del surf, la prevalencia de un estilo de vida sobre las miserias humanas, sobre las guerras, los desencuentros y la muerte.

Pero ellos sólo fueron capaces de reírse con el peinado de Jack Barlow, la sobreactuación de Leroy el Masoquista y el mostacho sesentero de Gerry Lopez.

[...] este latido eterno del paisaje, como el de un gran cetáceo, disminuye al hombre, a sus ideas, a sus proyectos. La civilización modern...
[...] este latido eterno del paisaje, como el de un gran cetáceo, disminuye al hombre, a sus ideas, a sus proyectos. La civilización moderna se ha hecho en espacios cerrados: ciudades, casas. En el campo, en el mar, hay siempre un hálito de destrucción contra todo lo humano, invariablemente absorbido, sustituido y vuelto a absorber por la agobiante indiferencia de la naturaleza. Por su bestial fortaleza...
-"Una nit a Capri" de Baltasar Porcel.
Pido disculpas por el crimen que acabo de cometer, pero en la traducción he tratado de ser fiel a la sensibilidad que el autor despliega en el original en catalán.

Una vez dicho esto, ¿no es ésta una de las mejores reflexiones sobre la insignificancia del ser humano, su cultura y su civilización, frente al poder inconmensurable e inconsciente de la naturaleza? Imagínate de pie en lo alto de un acantilado, el mar doscientos metros más abajo, el horizonte una línea difusa a lo lejos, como un degradado perfecto que convierte los colores del mar en los del cielo. Es como si estuvieras ante un ser vivo, una red de infinitas hebras vitales que se arruga levemente por la dura caricia del viento. Relee ahora el fragmento: "este latido eterno del paisaje, como el de un gran cetáceo". ¿Lo sientes?

Yo sí.

Volvíamos a casa en coche y el sol acababa de ponerse. Mis hijos iban sentados atrás. Ella tiene casi un año y medio; el chico tres recién c...
Volvíamos a casa en coche y el sol acababa de ponerse. Mis hijos iban sentados atrás. Ella tiene casi un año y medio; el chico tres recién cumplidos. A nuestro alrededor corrían los campos y los bosques. Al fondo, en el horizonte, las montañas azules escondían la última claridad del cielo. A nuestra izquierda, una luna grande y redonda brillaba tenue entre las nubes.

-¿A dónde va la luna, papá?

La pregunta me cogió por sorpresa. Entendí que para él la luna corría a nuestro lado, surcando los cielos y pasando veloz tras las copas de los árboles. Bajé la música tratando de concentrarme. Era una pregunta sencilla, pero resultaba difícil explicarle la respuesta a un niño de tres años. Pensé en responder sobre efectos ópticos, sobre que en realidad la luna no se movía. Luego pensé que, siendo honestos, la luna sí se mueve. Y la Tierra también. Y pensé en la gravedad, en el sistema solar y en el movimiento de los satélites. Carraspeé un poco. Él se impacientó.

-Eh papá, ¿a dónde va la luna?

Sonreí. Caí en la cuenta de la grandeza de aquel momento. La pureza de la percepción de mi hijo. Para él no había duda: la luna corría por los cielos a toda velocidad. Pensé en la suerte que tenía por ver el mundo así. Un mundo donde no hay doblez, donde no es necesario leer entre líneas y donde todo existe tal como lo ves.

Y no quise cambiar eso. Aún no.

-Se viene con nosotros, Hugo -respondí- La luna se viene con nosotros.

Donde haya olas me encontraréis. En ese momento del día cuando la luz es tibia y las fachadas del pueblo brillan y los mástiles del puerto s...
Donde haya olas me encontraréis. En ese momento del día cuando la luz es tibia y las fachadas del pueblo brillan y los mástiles del puerto se mecen despacio y tintinean rítmicos los cables. Cubierto de salitre, revuelto el cabello y la mirada, dura la barba y oscurecida la piel. Vuelta la vista al viento, las manos hundidas en la arena y la sonrisa persiguiendo velas blancas rumbo Sur. El corazón acompasado a la rompiente, enamorado, expuesto y feliz. Ebrio de verano y de aventura. Apaciguada mi tormenta por una risueña plenitud.

Ahí me encontraréis. Sereno e invencible. En un lugar que no lo es. Que existe y desaparece.

Caminábamos deprisa y hablábamos en voz baja. Se diría que, como imanes expuestos por el mismo polo, nos repelíamos pese a querer estar pe...
Caminábamos deprisa y hablábamos en voz baja. Se diría que, como imanes expuestos por el mismo polo, nos repelíamos pese a querer estar pegados. Tal era la sensación que entre ambos parecía bailar una línea de aire, un espacio vacío infranqueable.

Mirábamos obstinados al frente, con el gesto crispado y los hombros bloqueados por una situación que parecía fuera de control, traspasadas por mucho las líneas rojas de lo que considerábamos tolerable.

Estábamos discutiendo.

Volviste tus grandes ojos verdes hacia a mí. O contra mí. Quisiste mirarme directamente a la cara, pero rehusé el contacto volviéndome hacia el mar. Moviste tus labios con severa y cortante urgencia, pronunciando algo que me estremeció e hizo que parase de golpe. Tú seguiste aún un par de pasos, pero al final te detuviste. Te quedaste quieta, con una actitud parecida a quién olvida algo y no sabe exactamente qué es. Como esperando que la respuesta se revele por encantamiento.

Nos quedamos así un momento. Separados, dándonos la espalda y mirando en direcciones opuestas mientras el viento arreciaba y barría la escena. La racha te revolvió el cabello. Levantaste la mano para recoger un par de mechones tras la oreja y las pulseras que llevabas en la muñeca tintinearon suavemente.

Allí estaba la que te regalé. Una pulsera de plata con pequeños colgantes en forma de luna que recorrían las cuatro fases: llena, creciente, menguante y nueva. Nos miramos de nuevo y susurraste algo sobre un final y una despedida. El viento sopló de nuevo y se llevó tus palabras. Deseé con todas mis fuerzas que las hiciera desaparecer, pero el viento, más que desvanecerlas, les dio consistencia y vida. Las hizo tangibles.

Te acercaste a mí. La mirada severa se volvió blanda. Arrugaste la frente en un gesto de compasión que me partió en dos. Te pusiste de puntillas y me besaste en la mejilla. Luego, con un nuevo tintineo de tus pulseras, te alejaste de alli siguiendo el paseo junto a la playa.

Y yo me quedé descolocado y roto, a solas con el viento. Sin otra cosa que hacer que tratar de cazarlo en mis pensamientos.

El médico entró en nuestra habitación sobre las ocho de la tarde. Era caribeño y venía pelado de frío. Yo levanté un poco la cabeza de la al...
El médico entró en nuestra habitación sobre las ocho de la tarde. Era caribeño y venía pelado de frío. Yo levanté un poco la cabeza de la almohada para echarle un vistazo y vi a Ivana esperando apoyada en el marco de la puerta. El tipo comenzó a hablarme con un fuerte acento cubano y bromeó sobre mi lastimoso estado. Reuní unas pocas fuerzas más y me incorporé del todo. Creo que incluso conseguí sonreír. Pero no lo recuerdo muy bien.

Llevaba más de seis horas superando los 39ºC de fiebre y mi cuerpo era un templo erigido en honor al sufrimiento y la tortura. Estaba confundido, sudoroso y sin fuerzas y parecía que los huesos se iban quebrando poco a poco dentro de mí, lacerando músculos a su paso.

El médico me miró la garganta, me auscultó por encima, descartó la meningitis moviéndome el cuello y se fue al cabo de un rato. Le oí hablando con Ivana en el salón, haciendo chistes y comentando nosequé del tiempo. Después me dormí.

Al cabo de un rato Ivana me trajo algo de cena que no pude tragar y me volví a dormir. Y entonces empezó todo. En una especie de transición invisible la realidad y la pesadilla se confundieron. La fiebre alta acentuó el efecto. Tenía que seguir las instrucciones que me había dado el médico. Transacciones de cojines y fórmulas matemáticas. Quedó muy claro que al final sólo podían quedar dos cojines: uno para entregar y otro para recibir que se anularían entre sí.

Estaba tumbado en nuestra cama, pero yo me vi rodeado por infinitos cojines: tenía cojines debajo, a la derecha, a la izquierda y por encima. No me dejaban respirar. Apenas conseguía recordar las fórmulas que me dio el médico para hacer los cambios. Iba cambiando uno de sitio, luego otro y otro, ahora el de más allá, pero el primero siempre volvía a aparecer. Me convertí en el Sísifo de los cojines, atrapado en un bucle infinito de desesperación. Estuve horas así, horas de baldío esfuerzo mental, empapado en sudor, girando sobre mí mismo, experimentando un dolor salvaje en los huesos y la garganta, cambiando cojines imaginarios de sitio.

Me desperté de madrugada. Pero mi mente no despertó con mi cuerpo, así que me fui a la cocina tambaleándome por el pasillo, haciendo cálculos imposibles, apoyado en las paredes, muerto de sed. Bebí agua y me volví a acostar. Y allí estaban esperándome los cojines.

Creo que no volví a dormirme, al menos no profundamente. Estaba en una duermevela semiconsciente en la que sabía que estaba enfermo, dolorido y tumbado en la cama, pero seguía convencido de que debía eliminar cojines. Sudé dos vidas hasta que se hizo de día.

Por suerte la luz blanquecina del alba obró un efecto balsámico en mi pesadilla y pude distinguir realidad de fantasía de manera clara por primera vez. Me desperté empapado y terriblemente cansado. La fiebre había bajado a 38 y me sentía algo mejor.

Yo no creo en Dios ni en el Infierno. Pero si existe seguro que se parece mucho a esto. El día después la fiebre volvió a subir a 39, pero pude controlarlo mejor. Vino de visita el buen marino y, antes de irse, me dijo con su habitual retranca: "hala, ya puedes ponerte el neopreno e ir a coger olas... con lo que te presta".

Tuve la tentación de tirarle un cojín. Pero no lo hice.

¿Qué te pasa en los ojos?, me dices. Yo sonrío e imagino el efecto que produce mi mirada enrojecida y acuosa, irritados los ojos por el agua...
¿Qué te pasa en los ojos?, me dices. Yo sonrío e imagino el efecto que produce mi mirada enrojecida y acuosa, irritados los ojos por el agua salada y el frío viento del norte.

Mis retinas llevan impresas mil imágenes. El sol poniéndose tras un islote coronado por un antiguo faro, las montañas recortadas contra el cielo anaranjado del crepúsculo, los bosques descendiendo por sus laderas como una manta de musgo en la distancia. Lomos azules acercándose desde mar adentro, olas lentas, poderosas y limpias. Mis manos heladas hundiéndose en un mar de espuma blanca, los músculos que queman, la velocidad que se siente mientras acaricio la pared azul que quiere envolverme. También mis pies flotando ingrávidos bajo el agua, las rocas del fondo, el viento frío, el horizonte encrespado cuando se acerca la serie, las gaviotas pescando, los cormoranes emergiendo tranquilos a nuestro lado. Y las sonrisas, los gritos de júbilo, el compromiso, la concentración y la felicidad plena que nos rodea.

¿Qué te pasa en los ojos?, repites. Y yo, sonriendo de nuevo, feliz y en paz, resumo: esta tarde hice surf.

Acabo de cruzarme con la tristeza. No con una sensación, sino con un ser corpóreo. Real. La tristeza vestida de mujer, de carne y hueso. L...
Acabo de cruzarme con la tristeza. No con una sensación, sino con un ser corpóreo. Real. La tristeza vestida de mujer, de carne y hueso.

La mañana es gélida y el sol aún está por salir. El aire es frío y pesado. Penetrante. Avanzo por la gran avenida con paso decidido. El paso rápido de la ciudad que no se detiene. Cruzo miradas fugaces con algunos transeúntes hasta que me fijo en ella. Es una chica joven que viene caminando de frente. Arrastra una maleta y, mientras se acerca, noto que algo no está bien.

Camina despacio. Es algo imperceptible, pero su ritmo no se ajusta al del resto de peatones. Las ruedecitas de la maleta suenan contra la acera y parece que pesara un mundo. Ya está a unos pocos pasos y la miro con curiosidad. Unos rizos castaños recogidos, la piel pálida y unas pequeñas gafas de metal. Tras ellas, un par de ojos anegados en un mar de lágrimas. Cuando nos cruzamos, sus sollozos resuenan en la pequeña atmósfera que nos rodea.

Se va. Se aleja de mi lado y del lado de alguien más. De alguien importante, supongo. Imagino que en la maleta pesa más lo que deja atrás que lo que lleva consigo. Quizá se va por un tiempo. Quizá para siempre. Pero está claro que no quiere irse, que quiere seguir aquí, a su lado. Pienso que, sea cuál sea la historia, mi deber es correr tras ella y decirle que todo irá bien. Que en el mundo, pase lo que pase, mañana siempre es otro día.

Pero no lo hago. La ciudad no se detiene y yo tampoco. Sigo caminando y pienso que en esa maleta van también los abrazos que no recibió y las palabras de consuelo que no le supieron dar. Mis pasos ya no son tan decididos. Ahora mi ritmo tampoco se acompasa con el del resto.

Ojalá tenga suerte, pienso. De hecho, lo deseo con todas mis fuerzas.

Tomaba pequeños sorbos de café y, entre uno y otro, se cogía el cabello con las manos enredándolo distraídamente. Sus ojos bailaban suavemen...
Tomaba pequeños sorbos de café y, entre uno y otro, se cogía el cabello con las manos enredándolo distraídamente. Sus ojos bailaban suavemente mientras explicaba la historia y cuando se detenía para recordar algo concreto o buscar la palabra adecuada, hacía un mohín inconsciente con los labios, un gesto entre disgustado e infantil que a mí me parecía mágico.

No recuerdo mucho de lo que hablaba, pero sí recuerdo el movimiento de sus manos, la ruta que marcaban algunos mechones sueltos hacia su pecho y aquella nuca que sólo dejaba entrever cuando jugaba con su pelo y que me hizo pensar en un claro de luna en el bosque, con sus delicados misterios.

Miré por la ventana un instante, lo justo para ver los árboles del parque agitándose en el viento cálido del verano. El sol estiraba las sombras y por la calle las personas, los coches y la vida pasaban sin cesar. Pero volvió a hablar y la miré de nuevo. Ahora explicaba algo divertido y una luz nueva se reflejó en sus ojos. Rió con franqueza y su risa detuvo el tiempo.

Lástima que aquella risa, aquella historia y aquel lenguaje oculto de gestos, miradas e intenciones fueran para el hombre que la acompañaba y no para mí. Pensé en nuestras líneas de tiempo viajando paralelas, juntas pero sin cruzarse jamás; víctimas desesperadas de una cruel asincronía.

La melodía áspera del despertador tomó la habitación al asalto. Eran las 6:30 de la mañana y el sol aún no había salido. El nadador se des...
La melodía áspera del despertador tomó la habitación al asalto. Eran las 6:30 de la mañana y el sol aún no había salido. El nadador se despertó sobresaltado y a tientas consiguió parar el molesto zumbido. A su lado estaba tumbada Paula que se había destapado durante la noche. Llevaba puestas unas braguitas blancas de algodón y le daba la espalda. El nadador recorrió con los dedos las vértebras de ella y siguió cuello arriba adentrándose en los rizos castaños, acariciando su nuca. Ella se giró a mirarle con los ojos verdes entrecerrados, moviéndose despacio al son de un ronroneo felino, hasta quedar tumbada de lado, de cara a él.

El nadador se apartó un poco, tomando distancia para apreciar mejor el cuerpo de ella. Luego miró por encima de su cabeza, en dirección a la ventana. La luz blanquecina del alba clareaba entre los tejados. La miró de nuevo a los ojos, ya abiertos y expectantes, y sintió como una sonrisa franca se dibujaba lentamente en su rostro. Quiso hablar, pero no pudo. Quiso abrazarla, tumbarse despacio sobre ella y adentrarse en su cuerpo, pero no pudo. Quiso que ella supiera cuánto la quería, pero fue imposible transmitirlo.

-Me voy al agua.

La besó fugazmente en los labios y se levantó. Ella volvió a girarse para seguir durmiendo, pero en la intimidad que su espalda le ofrecía, se sintió rechazada y triste. Y le odió por su silencio. Por el muro que había construido a su alrededor. Por el vacío distante que era incapaz de traspasar por ella. Porque, pese a estar físicamente a la distancia de un beso, estaba a mil kilómetros de allí.

El nadador desayunó frugalmente mientras veía las noticias en el televisor de la cocina, con el volumen bajado. Se desperezó con una ducha rápida y salió de casa con el bañador, el gorro, las gafas de natación y una toalla.

La arena de la playa seguía húmeda en el amanecer reciente. El mar estaba en calma, tenso como si fuera de mercurio. El nadador subió los brazos sobre la cabeza y estiró los músculos. La espalda, ancha y nudosa, crepitó como si el viento la doblase. Se ajustó las gafas. A través de los cristales ahumados el sol parecía más cercano que nunca, como un disco incandescente sobre el Cabo de la Avanzada, coronando el faro.

El nadador giró los brazos, nadando en el aire con los pies quietos. Pensó en Paula y la recordó tumbada en la cama, cinco años antes, con líneas de salitre veteando su piel bronceada. Habían ido a nadar al mar, casi de noche, y se quedaron en la playa hasta que la luna asomó tras las montañas. Volvieron a casa corriendo, envueltos por la noche y con el frío erizando su piel. No salieron de la cama hasta la mañana siguiente. Y no durmieron ni un sólo segundo.

Volvió en sí y contempló la bahía. Entró despacio en el agua y la sintió fría y hostil pese al cielo despejado que se reflejaba en ella. Se mojó el cuello, el pecho y el vientre y siguió avanzando hasta que el agua le cubrió hasta la cintura. Entonces se zambulló.

Nadó despacio hasta que consiguió una cadencia cómoda y ajustó el ritmo del braceo a su respiración. Estiraba los músculos como si pretendiera alcanzar algo con la punta de los dedos y a cada  brazada sentía el poder del impulso. Un torrente de burbujas escapaba de su boca entreabierta al expirar.

Fijó la vista en la inmensidad que se abría ante él. Una inquietante uniformidad verde le envolvía como una niebla sobrenatural. Aumentó el ritmo y sintió por primera vez el esfuerzo. Miró hacia abajo y vio como una pradera de posidonia corría bajo su sombra. Sus dedos rozaban las algas. Un banco de peces plateados se alejó al sentir su presencia.

El nadador siguió al compás de su respiración. A cada metro que recorría era más consciente de sus músculos, del latido de su corazón, del mar desconocido que le rodeaba. Y entonces las palabras acudieron a su mente. Imaginó lo que le hubiera dicho a Paula al despertar. Dibujó cada gesto en su imaginación, cada olor, cada sabor. El abrazo que debió darle. Pudo por fin, en aquella devastadora soledad, escoger las frases y los gestos para transmitirle cuánto la quería.

Llegó al espigón del puerto y dio media vuelta. Nadó tan rápido como pudo. Ya llevaba casi dosmil metros cuando llegó a la playa. Salió del agua cansado, jadeando y sintiendo el latido de su corazón en la garganta. Se secó mientras corría hacia casa. Sus piernas, agarrotadas por el esfuerzo, temblaban mientras subía las escaleras.

Paula estaba en la cocina, de pie, y aún iba vestida sólo con las braguitas de algodón. Se volvió a mirarle cuando entró con el pelo mojado y la respiración entrecortada.

-¿Qué tal ha ido?- preguntó mientras apoyaba una mano en su cadera.

El nadador la miró de hito en hito. Admiró de nuevo la perfección de su cuerpo y se detuvo en sus ojos verdes que aguardaban, como siempre, una respuesta que él no podía dar.

Quiso hablar. Quiso abrazarla y decirle cuánto la quería. Como antes. Como siempre.

Pero no pudo.

El verano languidecía en Ventura Bay y el viento de la tarde era fresco y persistente. Llegaron a su destino con cierta inquietud, guiados...
El verano languidecía en Ventura Bay y el viento de la tarde era fresco y persistente. Llegaron a su destino con cierta inquietud, guiados por un viejo taxista que no parecía de fiar. La entrada del almacén estaba en la parte trasera del edificio. El taxi se detuvo y el viejo les acompañó por un angosto callejón que lindaba con el edificio contiguo. Giraron y al llegar al patio trasero les sorprendió ver un jardín perfectamente cuidado, un comedor con sillas de madera bajo un cenador de lona y una pequeña piscina. Aquello no tenía nada que ver con el mal estado de la entrada principal del edificio. Era un pequeño oasis resguardado del viento en medio de uno de los peores suburbios de la ciudad.

-Jimmy, ¿estás ahí?- gritó el viejo.

Un momento después, asomó de la puerta del almacén la cabeza pelada y sonrosada de Jimmy Sontack.

-¿Qué pasa?- saludó con una gran sonrisa, estirando exageradamente la ese.

-Te traigo un par de clientes- dijo el viejo señalando a Mike y Andrea que saludaron tímidamente.

-¡Pasad! Bienvenidos a mi casa- dijo Jimmy terminando de abrir la puerta.

Entraron despacio, observando con mucha atención todos los detalles de la estancia. Esperaban un almacén sucio y desordenado pero en su lugar encontraron un salón muy acogedor. Había algunas fotos colgadas en la pared con escenas de surf y un montón de tablas perfectamente alineadas. En una esquina una enorme librería aguardaba atestada de libros y recuerdos de infinitos viajes. En el centro del techo una gran claraboya se abría a un torrente de luz natural que iluminaba toda la estancia. Sintieron una agradable sensación de hospitalidad, como si conocieran el lugar desde siempre.

Jimmy les acompañó a través del salón hacia otra habitación donde había colocado un pequeño despacho y les invitó a sentarse. Sacó un viejo cuaderno del escritorio, buscó una página en blanco y se preparó para tomar notas.

-Bien chicos, decidme que os trae por aquí- preguntó enarcando las cejas y esbozando una sonrisa.

Mike y Andrea se miraron y con un gesto casi imperceptible y muy femenino, ella instó a Mike para que hablara por los dos.

-Eh… bueno… hemos venido a hacerle un pedido. Queremos que nos haga una tabla a cada uno.

Jimmy les miró con curiosidad. Ninguno parecía haber pasado los diecisiete. Su viejo taller hacía casi dos décadas que había dejado de tener éxito. Ya casi no se producían tablas allí y Jimmy se ganaba la vida vendiendo viejas reliquias a snobs enamorados del surf clásico. Pero esos chicos no parecían ese tipo de surfista.

-¿Por qué yo?... estáis en una de las capitales mundiales del surf. Hay un montón de talleres de shape y seguro que casi todos son mejores que éste.

-Tenemos nuestras razones, señor Sontack. Conocemos su trabajo y nos encanta. Queremos que usted nos haga esas tablas.

-Por favor- añadió Andrea, mirando a Jimmy con los ojos azules abiertos de par en par.

Jimmy les miró sorprendido. No se parecían en nada a sus clientes habituales y pensó que allí había gato encerrado. Sin embargo, pudo más su curiosidad. Además, al fin y al cabo eran clientes y no estaba el negocio como para rechazar un trabajo.

-Está bien, lo haré.

Mike y Andrea se miraron aliviados. En los siguientes diez minutos Mike desgranó uno por uno todos los detalles de las tablas. Jimmy no dejó de tomar notas a la vez que imaginaba mentalmente las proporciones. Aquel chico le estaba describiendo una joya. Una tabla para olas potentes, equilibrada y progresiva. Y para la chica un shape más refinado y polivalente.  La cantidad de medidas, curvas y proporciones que describía Mike abrumaron a Jimmy.

-¿Os vais a las islas o qué? ¡Esto que me estáis pidiendo es muy radical!

Los chicos se rieron al oír ese adjetivo que ya nadie usaba, pero que a ellos les resultaba tan familiar. Un destello de orgullo les cruzó la mirada. Pero no contestaron. Sencillamente Mike siguió dando detalles cada vez más precisos sobre las tablas. Cuando hubo terminado, se recostó en la silla y esperó ansioso la reacción de Jimmy.

-Esto va a ser un reto, ¡ya lo creo!... ¿Dónde has aprendido tanto sobre diseño de tablas?.

-Supongo que mirando… Me encanta surfear.

-¡Y a mí!- aclaró sonriente Andrea.

-Ya veo, ya veo… Sigo pensando que aquí hay gato encerrado, pero ¡demonios!, si consigo fabricar lo que me pides ¡voy a rejuvenecer diez años!

Los tres rieron relajados. Andrea miró a Mike un momento y reconoció en sus ojos un sentimiento propio: ambos se hubieran quedado toda la tarde allí, viendo trabajar a Jimmy y escuchando sus historias sobre olas y aventuras alrededor del mundo. Nada les hubiera gustado más. Pero no podían. Tenían que volver a casa. Así que aclararon algunos temas sobre los plazos de entrega, acordaron el precio y se despidieron de él.

...

Tres semanas más tarde Mike y Andrea volvieron al taller tal como habían acordado. Jimmy les esperaba impaciente. Había sido un trabajo duro con escaso margen para la improvisación, pero el resultado era inmejorable.

Cuando traspasaron el umbral del taller, vieron las relucientes joyas apoyadas en la pared del fondo. La de Mike era tres pulgadas más larga que la de Andrea, con cantos afiladísimos y un pin tail que hacía soñar con tubos con sólo mirarlo. Por toda decoración Jimmy pintó lo que Mike le había indicado: una M mayúscula roja. La de Andrea lucía un A en color verde. Eran de una pureza de líneas casi mística. Verlas te trasladaba a arrecifes de coral bañados por el Índico. Eran la perfección.

Mike y Andrea las acariciaron en silencio, admirando los detalles. El polvillo sobre el plug del invento denotaba su reciente creación. El leve y dulce olor de la resina las envolvía. Algo sobrenatural parecía latir en su interior.

-Son magníficas…- acertó a decir Mike mientras seguía el contorno de la M mayúscula con los dedos.

Una sensación difícil de explicar les sobrecogió a ambos y cruzaron sus miradas con la de Jimmy, brillantes de pura emoción.

-¡Muchas gracias!- susurró Andrea y con un gesto de infinita ternura abrazó con cariño a un sorprendido Jimmy.

Los tres rieron con ganas. Mike y Jimmy se dieron la mano.

-Algún día tendréis que volver y explicarme que ha sido todo esto. Estoy ante mis dos mejores creaciones y resulta que han sido dictadas al detalle por un chaval adolescente y su curiosa amiga…

-Hermana, - interrumpió Mike – su curiosa hermana.

Se despidieron y Jimmy volvió a su taller, profundamente intrigado.

...

Mike y Andrea llegaron a casa bien entrada la noche. En el sofá dormitaba su madre. Ambos la besaron y, sin hacer ruido, salieron por la puerta de atrás y siguieron hasta el cobertizo que tenían en el jardín. Abrieron la puerta y vieron las herramientas de su padre esparcidas alrededor de un blank de foam a medio moldear. En la pared había infinidad de esquemas y dibujos, listas de medidas y de materiales. Ambos los admiraron de nuevo, tal como llevaban haciendo desde hacía semanas. Uno tras otro fueron observando los bocetos, deteniéndose en cada uno como si anduvieran por un museo. Cuando llegaron al último ambos se miraron. Una M roja y una A verde lucían pintadas sobre el dibujo de dos tablas.

-Ya está papá -murmuró Mike- Gracias por nuestro regalo.

Y al salir del cobertizo miró al cielo estrellado buscando el guiño de su padre.

**Escribí este cuento, con el mismo título, para el blog SurfStories (ya no está online) y para la web Mallorcasurf.com y ha sido corregido para esta entrada.

Foto: Lee Chang Ming Cuando alces el vuelo, dónde huya tu mirada, dondequiera que vayas, allí estaré. Dónde el mar de tus ojo...
Cuando alces el vuelo,
dónde huya tu mirada,
dondequiera que vayas,
allí estaré.

Dónde el mar de tus ojos
desborde las orillas
e inunde nuestra tierra,
allí estaré.
Dónde tu risa resuene,
conjure la tormenta
y nos traiga primavera,
allí estaré.

Y cuando el tiempo te venza,
o la tristeza te lleve,
dondequiera que llegues,
allí estaré.

Fue un hecho sin importancia, pero suelo recordar este tipo de cosas. Sucedió hace años, cuando yo acababa de doblar los treinta. Solía volv...
Fue un hecho sin importancia, pero suelo recordar este tipo de cosas. Sucedió hace años, cuando yo acababa de doblar los treinta. Solía volver del trabajo por una calle que está cerca de un instituto de secundaria. A la hora que yo pasaba por allí, más o menos las tres y cuarto, solía coincidir con grupos de chavales que acababan de salir de clase.

La mayoría de ellos eran ruidosos, asilvestrados y hablaban a gritos queriendo llamar la atención. Pero siempre había excepciones. Una chica que leía un libro en la parada del bus, un par de chicos que discutían con moderación y sólidos argumentos sobre el partido del día anterior e incluso un día vi a uno salir con un par de periódicos bajo el brazo. Gente rara, supongo.

A mí me encantaba ver que pese a la televisión, pese a la ESO y a todos los prejuicios de los que ya habíamos dejado atrás la infancia, había chicos de todo tipo. Y todos reivindicaban su sitio, su manera de ser y su trozo de futuro. El que nosotros estábamos ocupando.

En ésas estaba cuando sucedió. El semáforo de peatones acababa de ponerse en rojo y me detuve ante el aturullado fluir del tráfico. A mi lado se pararon dos chavales, mochila al hombro. Uno venía burlándose del otro que permanecía impasible y con la vista clavada en el semáforo del otro lado de la calle.

-¡Crucemos ya!- dijo el primero.
-¿No ves que está en rojo?- contestó el otro.

Pese a la evidencia, el primero decidió cruzar y tuvo que sortear dos coches y una sonoro claxon antes de llegar al otro lado, con aire triunfal.

-¡Cruza ya pringao!- gritó desde el otro lado.

Mi compañero de semáforo siguió impasible, aunque con cierto aire de fastidio por estar llamando la atención por culpa de su amigo.

-¡Lo que te pasa es que no tienes huevos!- gritó de nuevo desde la orilla opuesta, ahora rematando la jugada con una burlona carcajada.

Miré de soslayo a mi estoico compañero y me pareció ver una media sonrisa asomando en su rostro, la misma que luce el jugador de ajedrez cuando contempla el movimiento en falso de su oponente que le pone el jaque mate en bandeja de plata.

-Lo que no tengo es prisa, idiota- sentenció.

Confieso que exageré la sonrisa que me provocó la réplica. Lo hice sólo con el objetivo de que el perdedor de la otra orilla se avergonzase aún más. Que descubriera que no sólo su amigo había disfrutado con aquello. El semáforo se puso en verde y ambos cruzamos despacio y con paso seguro, albergando la secreta satisfacción de la victoria.