-Y de aquello, ¿tú que recuerdas? Ella lanzó la pregunta casi sin querer, antes de llevarse el vaso a los labios para beber un largo sorbo...
-Y de aquello, ¿tú que recuerdas?

Ella lanzó la pregunta casi sin querer, antes de llevarse el vaso a los labios para beber un largo sorbo. Él bajó la vista y se quedó mirando el cerco de agua que la condensación había dibujado sobre la mesa de cristal. Parecía reflexionar la respuesta.

¿Qué recuerdo?, pensó. Recuerdo tu rostro recortado contra el cielo azul más limpio que he visto en mi vida. Recuerdo el brillo iridiscente de tus ojos. Recuerdo las lunas de agosto que contemplamos sobre el puerto, mientras volvíamos a casa después de exprimir la noche. Recuerdo la calidez de tu piel, el tacto de aquellas manos que se buscaban a tientas, tu aliento febril cuando apenas conseguíamos llegar al dormitorio. Tu dulzura casi adolescente. Tu risa. Recuerdo la tarde de septiembre cayendo sobre el andén. Recuerdo la desorientación de la despedida. Recuerdo todo lo que quise decirte y no te dije. Las cartas que escribí y nunca mandé.

-En realidad- dijo mientras borraba el cerco de agua con el dorso de la mano - no recuerdo demasiado. Ha pasado mucho tiempo.

-Sí, mucho tiempo- respondió ella volviendo a dejar el vaso sobre la mesa.

Un silencio incómodo condensó la atmósfera a su alrededor. El aire se hizo impenetrable de repente. Pasaron unos segundos que a él le parecieron años, hasta que se acercó a la mesa un hombre vestido con traje oscuro.

-¿Vienes, cariño?- dijo mientras pasaba su mano por la espalda desnuda de ella.

En ese momento él volvió a ser consciente de todo lo que les rodeaba. Las risas, las conversaciones, la música demasiado alta. Miró a través de las enormes cristaleras que daban al jardín y observó a los invitados que disfrutaban de la fiesta junto a la piscina.

Ella cogió su vaso y se levantó despacio, envuelta en el vapor de su vestido. Se alejó de la mano de su marido y cruzó las puertas que daban al jardín. Él se quedó ensimismado mirando fijamente la mesa y, con un gesto inconsciente, borró de nuevo el cerco que el vaso había dejado sobre el cristal.

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